Anda nuestro presidente Rajoy en la cumbre de los veintisiete, intentando salvar el pellejo ante Europa, prometiendo reformas aún desconocidas para su propio pueblo, pero cuya mención viene a incrementar el pánico entre la población, que no espera nada bueno de su equipo de tecnócratas.
Solía criticar a Zapatero, por doblegarse a los mandatos extranjeros, y le han bastado un par de reuniones con los mandatarios del eje franco-alemán, para adoptar posturas nada recomendables de servilismo, que hacen bueno a su predecesor, que al menos, no presumía de españolidad y autocracia, en sus discursos parlamentarios.
Seguramente pensaría, que siendo de la misma opinión política que los cabecillas del grupo europeo, las negociaciones llevadas a cabo tras su llegada al poder, serían mucho más amistosas que las mantenidas con el líder socialista, por aquello de las analogías.
Probablemente no sabía Don Mariano que las finanzas no tienen corazón y que las afinidades políticas, mas que crear amigos, crean oponentes bragados en el arte de alcanzar la supremacía sobre los otros, que es la primera ley de las relaciones entre países.
Su desilusión ha debido ser mayestática, pues en lugar de ser recibido con todos los honores que suelen caracterizar los actos de los conservadores, ha tenido que soportar los primeros tirones de orejas, mientras se veía obligado a escuchar que las exigencias de los que mandan, siguen siendo las mismas que se reclamaban al que tantas veces criticó, exigiéndole carácter para enfrentarse al meollo de la crisis.
Como sólo le vemos cuando se decide a salir del territorio patrio, no sabemos muy bien cuál es su estado de ánimo ante tan ingratas sorpresas. El talante serio de su más aventajada alumna, cuando ofrece ruedas de prensa, hace presagiar que no está el horno para muchos bollos y que las noticias que traerá el nuevo presidente en su cartera, al regreso de su reunión, no serán precisamente alentadoras.
Dice él, pillado en off, que las reformas le van a costar una huelga y es bastante probable que tenga razón, porque acatar medidas por decreto, no es plato de gusto para los sufridos ciudadanos, a los que ya no queda nada que dar, sin que se les prometa, a la mayor urgencia, una solución drástica al problema del desempleo, que tiende a crecer cada vez que actúan los gobiernos, y también ¿por qué no?, al tema de los salarios, que decrecen en relación directa con las soluciones propuestas por los políticos.
Si creía Rajoy que esto de gobernar, en el momento actual, era la panacea para darse a la buena vida y a la holganza, sin ser inmediatamente contestado por su pueblo, se equivocaba garrafalmente en sus apreciaciones.
Porque, sinceramente, pocas diferencias están viendo los votantes, con respecto al gobierno anterior, en el transcurrir de sus desasosegadas vidas. Las promesas volaron con el viento y pronto se olvidaron de ellas, quienes las emitieron con tanta contundencia, en la campaña electoral.
En un solo mes, los parados han crecido en más de trescientas mil personas, amén de tener que soportar los muchos recortes aplicados en materia de salud, que se han sacado de la manga los recién llegados, apelando al discurso manido, de que ignoraban la gravedad de la situación.
¿Dónde ha estado Rajoy durante los últimos cuatro años del gobierno Zapatero? Yo se lo diré: preparando concienzudamente un asalto al poder, por las vías que fueren, pero descuidando gravemente su deber de estar informado, como jefe de la oposición, de los auténticos problemas del país.
Si las cuentas no cuadran con lo que esperaba, quizá debería haber estado mucho más atento, sobre todo cuando el déficit mayor se da en la Comunidades regidas por sus propios correligionarios, afanados en obras faraónicas de dudosa utilidad, que han llevado a la nación a la ruina.
Pero es mucha la erótica que el poder conlleva y debe ser sencillo dejarse arrastrar por ella, sobre todo cuando se cuenta, de antemano, con que los sacrificios de los demás te sacarán de cualquier atolladero que pueda llegar en un futuro.
Si eso es servir al pueblo, que venga su Dios y lo vea.
Solía criticar a Zapatero, por doblegarse a los mandatos extranjeros, y le han bastado un par de reuniones con los mandatarios del eje franco-alemán, para adoptar posturas nada recomendables de servilismo, que hacen bueno a su predecesor, que al menos, no presumía de españolidad y autocracia, en sus discursos parlamentarios.
Seguramente pensaría, que siendo de la misma opinión política que los cabecillas del grupo europeo, las negociaciones llevadas a cabo tras su llegada al poder, serían mucho más amistosas que las mantenidas con el líder socialista, por aquello de las analogías.
Probablemente no sabía Don Mariano que las finanzas no tienen corazón y que las afinidades políticas, mas que crear amigos, crean oponentes bragados en el arte de alcanzar la supremacía sobre los otros, que es la primera ley de las relaciones entre países.
Su desilusión ha debido ser mayestática, pues en lugar de ser recibido con todos los honores que suelen caracterizar los actos de los conservadores, ha tenido que soportar los primeros tirones de orejas, mientras se veía obligado a escuchar que las exigencias de los que mandan, siguen siendo las mismas que se reclamaban al que tantas veces criticó, exigiéndole carácter para enfrentarse al meollo de la crisis.
Como sólo le vemos cuando se decide a salir del territorio patrio, no sabemos muy bien cuál es su estado de ánimo ante tan ingratas sorpresas. El talante serio de su más aventajada alumna, cuando ofrece ruedas de prensa, hace presagiar que no está el horno para muchos bollos y que las noticias que traerá el nuevo presidente en su cartera, al regreso de su reunión, no serán precisamente alentadoras.
Dice él, pillado en off, que las reformas le van a costar una huelga y es bastante probable que tenga razón, porque acatar medidas por decreto, no es plato de gusto para los sufridos ciudadanos, a los que ya no queda nada que dar, sin que se les prometa, a la mayor urgencia, una solución drástica al problema del desempleo, que tiende a crecer cada vez que actúan los gobiernos, y también ¿por qué no?, al tema de los salarios, que decrecen en relación directa con las soluciones propuestas por los políticos.
Si creía Rajoy que esto de gobernar, en el momento actual, era la panacea para darse a la buena vida y a la holganza, sin ser inmediatamente contestado por su pueblo, se equivocaba garrafalmente en sus apreciaciones.
Porque, sinceramente, pocas diferencias están viendo los votantes, con respecto al gobierno anterior, en el transcurrir de sus desasosegadas vidas. Las promesas volaron con el viento y pronto se olvidaron de ellas, quienes las emitieron con tanta contundencia, en la campaña electoral.
En un solo mes, los parados han crecido en más de trescientas mil personas, amén de tener que soportar los muchos recortes aplicados en materia de salud, que se han sacado de la manga los recién llegados, apelando al discurso manido, de que ignoraban la gravedad de la situación.
¿Dónde ha estado Rajoy durante los últimos cuatro años del gobierno Zapatero? Yo se lo diré: preparando concienzudamente un asalto al poder, por las vías que fueren, pero descuidando gravemente su deber de estar informado, como jefe de la oposición, de los auténticos problemas del país.
Si las cuentas no cuadran con lo que esperaba, quizá debería haber estado mucho más atento, sobre todo cuando el déficit mayor se da en la Comunidades regidas por sus propios correligionarios, afanados en obras faraónicas de dudosa utilidad, que han llevado a la nación a la ruina.
Pero es mucha la erótica que el poder conlleva y debe ser sencillo dejarse arrastrar por ella, sobre todo cuando se cuenta, de antemano, con que los sacrificios de los demás te sacarán de cualquier atolladero que pueda llegar en un futuro.
Si eso es servir al pueblo, que venga su Dios y lo vea.

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