Nos llega desde fuera la sugerencia de que debemos recortar inmediatamente, de las partidas destinadas a la sanidad y la educación.
Ya lo esperábamos, pues los sistemas de carácter público desagradan sobremanera a los capitalistas, que no conciben otra sociedad, que la que ellos puedan manipular, convenientemente, para obtener un mayor número de beneficios.
Finalmente, el gobierno conservador obedecerá a sus auténticos amos, y acabará por privatizar, en cierto modo, ambas instituciones, en perjuicio de unos ciudadanos, orgullosos de contar con logros, que tratan de mejorar a diario, la salud y la educación de las mayorías.
Y sin embargo, en este pulso que mantenemos a diario, desde el comienzo de la crisis, a nadie parece ocurrírsele siquiera sugerir, el enorme gasto que ocasiona, mantener como mantenemos, la superlativa cantidad de cargos políticos necesarios para sacar adelante, el sistema de autonomías que aceptamos, cuando aprobamos nuestra constitución.
Habrá que añadir al ya elevado número de parlamentarios y senadores de índole nacional, los representantes de cuantos parlamentos autonómicos están en funcionamiento y que, en la mayoría de los casos, son meros convidados de piedra, a la hora de tomar decisiones de importancia, en los asuntos del país.
Afrontar un periodo como el que nos ha tocado vivir, verdaderamente, requiere sacrificios, pero ¿por qué han de exigirse exclusivamente éstos a las clases trabajadoras, mientras nuestros políticos permanecen inalterables en esos puestos, que tan alto coste suponen, para las arcas del Estado?
Si tan grave es la situación, quizá bastaría con mantener unos pocos representantes de cada una de las autonomías y desmontar el Senado, que ya no tiene razón de ser, en un panorama político, necesitado de recursos.
Quizá esta sugerencia levantase ampollas, y pusiera el dedo en la llaga de los grupos nacionalistas, que la verían, con toda seguridad, como un intento de desplazar sus aspiraciones independentistas, pero a veces, la necesidad obliga a tomar decisiones ciertamente drásticas, y las mismas, deben ser adoptadas de manera igualitaria, por el conjunto de los ciudadanos que conforman una sociedad.
Los sueldos de los parlamentarios, ciertamente muy elevados, a juzgar por el patrimonio que confiesan, podrían ser una inestimable ayuda al erario público, equiparándoles con el resto de la gente, en cuanto a los recortes que requerimos, en estos momentos.
Por otra parte, el grueso de la población preferiría esta medida de ahorro, a seguir sufriendo los requeridos recortes,
En saluo o educación, que supondrían un paso atrás, en la evolución conseguida, para mejorar el estado del bienestar. Nada importaría a la población prescindir de un buen número de cargos políticos, si a cambio se aligeran las listas de espera en los hospitales, o se ofrece una calidad en la enseñanza, que ofrezca a sus hijos, la posibilidad de un futuro mejor.
Pero, anclados a sus asientos de poder, la mayoría de nuestros inútiles parlamentarios, no estarían dispuestos a renunciar tan fácilmente, a sus posiciones de privilegio y desde luego, preferirían ver a las personas a las que representan, ir perdiendo nivel de vida, antes de aportar, de sus propios bolsillos, ninguna cantidad para remedio de la crisis que no son capaces de gestionar.
La inmensa mayoría de ellos, han llegado a la política para su enriquecimiento personal, y no como un medio de servir a los interese de su pueblo. Carentes de ideología y ávidos de poder, aún son capaces de justificar medidas que menguan gravemente derechos fundamentales de los ciudadanos, manteniéndose, sine die, felizmente apegados a sus vidas sin carencias, tan lejanas de la cruda realidad que soportamos todos los demás, sin que nadie haga nada por remediarlo.
Naturalmente, así es difícil de calibrar la gravedad de cualquier problema, pero bajar a la calle a familiarizarse con ellos, supondría poner de manifiesto, de forma incontestable, las diferencias abismales que existen entre lo que se nos exige a nosotros y lo que cada uno de nuestros representantes aporta para hallar una solución.
Permítanme decirles sin tapujos, que casi todos ustedes sobran. Y si no, dígannos qué han perdido, hasta ahora, en estos años de vacas flacas.
Ya lo esperábamos, pues los sistemas de carácter público desagradan sobremanera a los capitalistas, que no conciben otra sociedad, que la que ellos puedan manipular, convenientemente, para obtener un mayor número de beneficios.
Finalmente, el gobierno conservador obedecerá a sus auténticos amos, y acabará por privatizar, en cierto modo, ambas instituciones, en perjuicio de unos ciudadanos, orgullosos de contar con logros, que tratan de mejorar a diario, la salud y la educación de las mayorías.
Y sin embargo, en este pulso que mantenemos a diario, desde el comienzo de la crisis, a nadie parece ocurrírsele siquiera sugerir, el enorme gasto que ocasiona, mantener como mantenemos, la superlativa cantidad de cargos políticos necesarios para sacar adelante, el sistema de autonomías que aceptamos, cuando aprobamos nuestra constitución.
Habrá que añadir al ya elevado número de parlamentarios y senadores de índole nacional, los representantes de cuantos parlamentos autonómicos están en funcionamiento y que, en la mayoría de los casos, son meros convidados de piedra, a la hora de tomar decisiones de importancia, en los asuntos del país.
Afrontar un periodo como el que nos ha tocado vivir, verdaderamente, requiere sacrificios, pero ¿por qué han de exigirse exclusivamente éstos a las clases trabajadoras, mientras nuestros políticos permanecen inalterables en esos puestos, que tan alto coste suponen, para las arcas del Estado?
Si tan grave es la situación, quizá bastaría con mantener unos pocos representantes de cada una de las autonomías y desmontar el Senado, que ya no tiene razón de ser, en un panorama político, necesitado de recursos.
Quizá esta sugerencia levantase ampollas, y pusiera el dedo en la llaga de los grupos nacionalistas, que la verían, con toda seguridad, como un intento de desplazar sus aspiraciones independentistas, pero a veces, la necesidad obliga a tomar decisiones ciertamente drásticas, y las mismas, deben ser adoptadas de manera igualitaria, por el conjunto de los ciudadanos que conforman una sociedad.
Los sueldos de los parlamentarios, ciertamente muy elevados, a juzgar por el patrimonio que confiesan, podrían ser una inestimable ayuda al erario público, equiparándoles con el resto de la gente, en cuanto a los recortes que requerimos, en estos momentos.
Por otra parte, el grueso de la población preferiría esta medida de ahorro, a seguir sufriendo los requeridos recortes,
En saluo o educación, que supondrían un paso atrás, en la evolución conseguida, para mejorar el estado del bienestar. Nada importaría a la población prescindir de un buen número de cargos políticos, si a cambio se aligeran las listas de espera en los hospitales, o se ofrece una calidad en la enseñanza, que ofrezca a sus hijos, la posibilidad de un futuro mejor.
Pero, anclados a sus asientos de poder, la mayoría de nuestros inútiles parlamentarios, no estarían dispuestos a renunciar tan fácilmente, a sus posiciones de privilegio y desde luego, preferirían ver a las personas a las que representan, ir perdiendo nivel de vida, antes de aportar, de sus propios bolsillos, ninguna cantidad para remedio de la crisis que no son capaces de gestionar.
La inmensa mayoría de ellos, han llegado a la política para su enriquecimiento personal, y no como un medio de servir a los interese de su pueblo. Carentes de ideología y ávidos de poder, aún son capaces de justificar medidas que menguan gravemente derechos fundamentales de los ciudadanos, manteniéndose, sine die, felizmente apegados a sus vidas sin carencias, tan lejanas de la cruda realidad que soportamos todos los demás, sin que nadie haga nada por remediarlo.
Naturalmente, así es difícil de calibrar la gravedad de cualquier problema, pero bajar a la calle a familiarizarse con ellos, supondría poner de manifiesto, de forma incontestable, las diferencias abismales que existen entre lo que se nos exige a nosotros y lo que cada uno de nuestros representantes aporta para hallar una solución.
Permítanme decirles sin tapujos, que casi todos ustedes sobran. Y si no, dígannos qué han perdido, hasta ahora, en estos años de vacas flacas.

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