No hace falta ser Licenciado en económicas para resolver el enigma que trae de cabeza a las agencias de calificación, pues cualquiera con dos dedos de frente, llegaría sin mucho pensar a la conclusión, de que no es posible el crecimiento para un país, mientras no se reactive el consumo.
Y sin embargo, todas las medidas tomadas hasta ahora, tanto por el gobierno saliente, como por el actual, contradicen en grado superlativo este sencillo principio de lógica, al que ni la reforma laboral, ni las medidas de recorte aplicadas y por aplicar, han logrado encontrar solución.
Porque es natural, y no hay que ser un lince para comprobarlo, que resulta bastante difícil consumir, cuando las posibilidades crematísticas se ven afectadas por una reducción o congelación de salario, o cuando la tenebrosa figura del desempleo traspasa los umbrales de una casa.
Tampoco ayuda el afán recaudatorio de aplicar una subida del IRPF, por muy igualitaria que sea, a potenciar el ánimo de comprar a quienes, agobiados por las cargas hipotecarias heredadas de la época de bonanza, comprueban la rapidez con que corren los meses, mientras, a duras penas, pueden hacerse cargo de sus propios gastos de alimentación, o de facturas fijas como las ocasionadas por la electricidad, el agua o el teléfono, teniendo, en muchos casos que recurrir a terceros, para salir del atolladero en el que se encuentran.
Asustados por la posibilidad de un futuro aún peor, los españoles permanecen en sus hogares, elucubrando sobre sus propios proyectos vitales, sin otro ánimo que el de esconder bajo un ladrillo el poco dinero que, hipotéticamente, pudiera sobrarles y aguardando con aflicción que los empresarios no les ganen el pulso a los sindicatos y los manden a las colas del INEM, para acompañar a los cinco millones de parados, que ya se encuentran en ellas.
No obstante, a los prohombres que manejan el complicado mundo de las finanzas, no parece habérseles ocurrido que los pasos que están dando hasta el momento, en lugar de reactivar el ansiado consumo, no hacen otra cosa, que llevar al país a la bancarrota. Porque si no se crea empleo, y pronto, con emolumentos que alcancen, al menos, un nivel de dignidad, poco importa lo que se ofrezca a través de esos spots publicitarios, minuciosamente estudiados para atraer a posibles clientes. De donde no hay, no se puede sacar.
Los políticos dan la impresión de haber sido abducidos por una suerte de extraño sortilegio, que les empuja a una ceguera permanente, en cualquier cuestión, incluso de pasmosa simplicidad, como ésta. Demasiado preocupados por las cifras de la macroeconomía, olvidan que tampoco es posible un desarrollo normal de esta misma, sin la aportación de los pequeños núcleos familiares que acaban por formarla y demuestran una dejadez para con los cimientos que pueden reactivar el país, relegándolos al último lugar de sus preferencias.
Vamos a decirlo más claro: sin trabajo, no hay dinero. Sin dinero, no hay consumo. Sin consumo, hay quiebra.
Este sencillo planteamiento, que parece estar fuera de toda duda, ni siquiera es apuntado en ninguno de los discursos que oímos a diario, en boca de ninguno de nuestros representantes.
Un consejo: en lugar de favorecer a las empresas, en su empeño de abaratar despidos o deshacer convenios colectivos a voluntad, prueben a legislar a favor de los trabajadores, ofreciéndoles condiciones ventajosas en su contratación y medidas sociales que hagan más fácil su acceso a cosas de primera necesidad, como la sanidad o la educación de nivel.
Verán como una vez iniciado el proceso, de inmediato, el consumo se reactivará, devolviéndonos una buena calificación, en las predicciones de todas las agencias. De cajón.
Y sin embargo, todas las medidas tomadas hasta ahora, tanto por el gobierno saliente, como por el actual, contradicen en grado superlativo este sencillo principio de lógica, al que ni la reforma laboral, ni las medidas de recorte aplicadas y por aplicar, han logrado encontrar solución.
Porque es natural, y no hay que ser un lince para comprobarlo, que resulta bastante difícil consumir, cuando las posibilidades crematísticas se ven afectadas por una reducción o congelación de salario, o cuando la tenebrosa figura del desempleo traspasa los umbrales de una casa.
Tampoco ayuda el afán recaudatorio de aplicar una subida del IRPF, por muy igualitaria que sea, a potenciar el ánimo de comprar a quienes, agobiados por las cargas hipotecarias heredadas de la época de bonanza, comprueban la rapidez con que corren los meses, mientras, a duras penas, pueden hacerse cargo de sus propios gastos de alimentación, o de facturas fijas como las ocasionadas por la electricidad, el agua o el teléfono, teniendo, en muchos casos que recurrir a terceros, para salir del atolladero en el que se encuentran.
Asustados por la posibilidad de un futuro aún peor, los españoles permanecen en sus hogares, elucubrando sobre sus propios proyectos vitales, sin otro ánimo que el de esconder bajo un ladrillo el poco dinero que, hipotéticamente, pudiera sobrarles y aguardando con aflicción que los empresarios no les ganen el pulso a los sindicatos y los manden a las colas del INEM, para acompañar a los cinco millones de parados, que ya se encuentran en ellas.
No obstante, a los prohombres que manejan el complicado mundo de las finanzas, no parece habérseles ocurrido que los pasos que están dando hasta el momento, en lugar de reactivar el ansiado consumo, no hacen otra cosa, que llevar al país a la bancarrota. Porque si no se crea empleo, y pronto, con emolumentos que alcancen, al menos, un nivel de dignidad, poco importa lo que se ofrezca a través de esos spots publicitarios, minuciosamente estudiados para atraer a posibles clientes. De donde no hay, no se puede sacar.
Los políticos dan la impresión de haber sido abducidos por una suerte de extraño sortilegio, que les empuja a una ceguera permanente, en cualquier cuestión, incluso de pasmosa simplicidad, como ésta. Demasiado preocupados por las cifras de la macroeconomía, olvidan que tampoco es posible un desarrollo normal de esta misma, sin la aportación de los pequeños núcleos familiares que acaban por formarla y demuestran una dejadez para con los cimientos que pueden reactivar el país, relegándolos al último lugar de sus preferencias.
Vamos a decirlo más claro: sin trabajo, no hay dinero. Sin dinero, no hay consumo. Sin consumo, hay quiebra.
Este sencillo planteamiento, que parece estar fuera de toda duda, ni siquiera es apuntado en ninguno de los discursos que oímos a diario, en boca de ninguno de nuestros representantes.
Un consejo: en lugar de favorecer a las empresas, en su empeño de abaratar despidos o deshacer convenios colectivos a voluntad, prueben a legislar a favor de los trabajadores, ofreciéndoles condiciones ventajosas en su contratación y medidas sociales que hagan más fácil su acceso a cosas de primera necesidad, como la sanidad o la educación de nivel.
Verán como una vez iniciado el proceso, de inmediato, el consumo se reactivará, devolviéndonos una buena calificación, en las predicciones de todas las agencias. De cajón.

No hay comentarios:
Publicar un comentario