La reaparición de Mariano Rajoy se ha producido en una entrevista con la televisión estatal, que bien pudiera haber sido grabada hace varios días, en las que contestando a preguntas seguramente pactadas, justifica la dureza de las medidas adoptadas por su gobierno, escudándose en la situación ruinosa que ha heredado, del anterior gobierno.
Esta postura, que ya anticipábamos aún antes de que fuera elegido, contrasta con la opinión del ejecutivo saliente, que inmediatamente ha exigido una comparecencia del presidente en el Congreso, para que explique de dónde salen los tres puntos de aumento en nuestro déficit, por los que considera necesario exprimir los bolsillos de todos los españoles, con la subida del IRPF.
Pero Rajoy parece haber dejado claro que no le agrada el contacto con los medios de comunicación y que prefiere apoyar sus palabras en el rostro visible de su vicepresidenta, a la hora de tener que hacer cualquier tipo de declaración, sobre todo si contradice sus incumplidas promesas electorales o puede manchar la imagen de credibilidad, que ha tratado de dar continuamente, a los electores españoles.
Creerá, como suele suceder a los niños, cuando ocultan su rostro tras sus propias manos, que su ausencia puede esconder cualquier barrabasada cometida desde su posición personal de poder, presumiendo una memez colectiva de sus conciudadanos, que, a su pesar, viven muy de cerca cualquier acontecimiento que les venga de su impresentable clase política y que después, castigan con su voto.
Dice que ha formado un gobierno de expertos en economía, porque ésta es la cuestión que más le preocupa en estos momentos, cosa que no deja de sorprender a una sociedad, machacada hasta la saciedad por el discurso popular que anteponía la creación de puestos de trabajo, a cualquier otro problema, por grave que éste resultase.
Por otro lado, se empecina el señor presidente, en que patronal y sindicatos alcancen un acuerdo, para una próxima reforma laboral, antes del viernes, aunque no parece digno de su atención el hecho de que los empresarios pongan condiciones innegociables, tales como el despido libre, o que los convenios colectivos puedan ser obviados, si las empresas no consideran haber alcanzado la rentabilidad deseada.
Naturalmente, los Sindicatos encuentran serias dificultades para aceptar estas premisas, si no quieren perder la poca confianza que les queda, ante la clase trabajadora del país, pero si no acaban por aceptar lo que de algún modo se les impone, tanto desde el gobierno, como desde la empresa, podría peligrar la partida destinada a la subvención que reciben de parte del Estado y que ya ha sido rebajada en un veinte por ciento.
Al final, podrá más el amor al dinero que la carga ideológica de lo que representan, y terminarán por aceptar cualquier medida perjudicial para todos nosotros, como mandan los cánones del capitalismo, que ahora obedecen sin rechistar, nuestros líderes sindicales.
Pero ésto no merma la enorme curiosidad que siente la mayoría del país, por saber a qué se debe este comportamiento asceta del nuevo presidente y qué hace en su retiro, para paliar la desastrosa situación en que se encuentran los cinco millones de desempleados, a los que prometió emplear, en cuanto llegara a la Moncloa.
Hay quien ha llegado a pensar que permanece retenido por el ala dura del PP, que manipula desde la sombra sus actuaciones, obligándole a volver al redil que abandonó, cuando se declaró abiertamente centrista. A ver cómo responde cuando Europa lo llame, y no tenga más remedio que acudir a esas citas, en las que se decide el futuro y el presente de cualquiera de nosotros.
Esta postura, que ya anticipábamos aún antes de que fuera elegido, contrasta con la opinión del ejecutivo saliente, que inmediatamente ha exigido una comparecencia del presidente en el Congreso, para que explique de dónde salen los tres puntos de aumento en nuestro déficit, por los que considera necesario exprimir los bolsillos de todos los españoles, con la subida del IRPF.
Pero Rajoy parece haber dejado claro que no le agrada el contacto con los medios de comunicación y que prefiere apoyar sus palabras en el rostro visible de su vicepresidenta, a la hora de tener que hacer cualquier tipo de declaración, sobre todo si contradice sus incumplidas promesas electorales o puede manchar la imagen de credibilidad, que ha tratado de dar continuamente, a los electores españoles.
Creerá, como suele suceder a los niños, cuando ocultan su rostro tras sus propias manos, que su ausencia puede esconder cualquier barrabasada cometida desde su posición personal de poder, presumiendo una memez colectiva de sus conciudadanos, que, a su pesar, viven muy de cerca cualquier acontecimiento que les venga de su impresentable clase política y que después, castigan con su voto.
Dice que ha formado un gobierno de expertos en economía, porque ésta es la cuestión que más le preocupa en estos momentos, cosa que no deja de sorprender a una sociedad, machacada hasta la saciedad por el discurso popular que anteponía la creación de puestos de trabajo, a cualquier otro problema, por grave que éste resultase.
Por otro lado, se empecina el señor presidente, en que patronal y sindicatos alcancen un acuerdo, para una próxima reforma laboral, antes del viernes, aunque no parece digno de su atención el hecho de que los empresarios pongan condiciones innegociables, tales como el despido libre, o que los convenios colectivos puedan ser obviados, si las empresas no consideran haber alcanzado la rentabilidad deseada.
Naturalmente, los Sindicatos encuentran serias dificultades para aceptar estas premisas, si no quieren perder la poca confianza que les queda, ante la clase trabajadora del país, pero si no acaban por aceptar lo que de algún modo se les impone, tanto desde el gobierno, como desde la empresa, podría peligrar la partida destinada a la subvención que reciben de parte del Estado y que ya ha sido rebajada en un veinte por ciento.
Al final, podrá más el amor al dinero que la carga ideológica de lo que representan, y terminarán por aceptar cualquier medida perjudicial para todos nosotros, como mandan los cánones del capitalismo, que ahora obedecen sin rechistar, nuestros líderes sindicales.
Pero ésto no merma la enorme curiosidad que siente la mayoría del país, por saber a qué se debe este comportamiento asceta del nuevo presidente y qué hace en su retiro, para paliar la desastrosa situación en que se encuentran los cinco millones de desempleados, a los que prometió emplear, en cuanto llegara a la Moncloa.
Hay quien ha llegado a pensar que permanece retenido por el ala dura del PP, que manipula desde la sombra sus actuaciones, obligándole a volver al redil que abandonó, cuando se declaró abiertamente centrista. A ver cómo responde cuando Europa lo llame, y no tenga más remedio que acudir a esas citas, en las que se decide el futuro y el presente de cualquiera de nosotros.

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