Después de estos años de oscuridad, lo único seguro es que ya nada volverá a ser como antes.
El sueño de un estado de bienestar, auspiciado por los benefactores capitalistas, quedó destrozado en el mismo momento en que los dueños de los poderes económicos, decidieron que la complacencia con que se había tratado a las clases medias, estaba suponiendo un peligroso acercamiento a un status, únicamente reservado a las más influyentes familias de la sociedad.
Así, empezaron a desdecirse de cuánto antes habían afirmado y volvieron a colocar en su sitio correspondiente, a todos aquellos que habían tenido la imperdonable osadía de pensar que podrían hacerse un hueco en los lugares exclusivos, frecuentados por unos pocos, habiendo emergido, en muchos casos, de una nada de la que nunca debieron salir.
Los más de cinco millones de parados que soporta nuestro país, son una demostración personificada de este argumento y las medidas que ya empezaron a tomarse y que se tomarán, devuelven a cada cual, a sus propios orígenes.
Esta trama orquestada, de permitir durante algún tiempo, que los pueblos soñaran con metas inalcanzables, se encuentra ahora, exactamente, en su punto más álgido y aún habrán de venir, a manos de los obedientes políticos, días de mayor dureza, con los que terminar de rematar una diabólica estrategia.
Sobrevivir a la crisis se ha convertido para la inmensa mayoría, en un reto de proporciones desconocidas, que cada uno afrontará según salga parado de ella.
Probablemente, contribuirá sobremanera al desenlace, el grado de conformismo con que los pueblos asuman su destino. Desorientados ante un fenómeno históricamente desconocido y acostumbrados a la dulce comodidad de los años de bonanza, la desesperación por haber descendido a los infiernos de la pobreza, será mala consejera para los que han corrido peor suerte.
Y sin embargo, sin la rebeldía de asumir que las soluciones nunca vienen dadas sin lucha y que los sacrificios personales y colectivos a favor de las mayorías, a veces plantean dilemas de elección que perjudican seriamente, antes de encontrar un camino por el que salir de los laberintos, los hombres nunca podrán recuperar la dignidad perdida, para volver a empezar a caminar por sí mismos, sin manipuladores que los guíen.
El primer paso sería no mirar nunca más atrás, ya que de todos es sabido, que el pasado no vuelve. Puede que la historia esté, como dicen algunos, condenada a repetirse, pero las variaciones que acarrea el transcurso del tiempo, siempre la hacen ser, de algún modo, distinta.
Tampoco resulta práctico reprimir la indignación, pues los duelos han de ser vividos para ser superados y la etapa de aceptación de la pérdida de valores sufrida por las sociedades, ha sido comprobada con creces, ya que el futuro se plantea como algo peor.
Así pues, es ahora el momento de tratar de cambiar el guión con propuestas que delimiten los espacios que corresponden cada cual, en esta guerra económica, en la que hasta ahora, los pueblos se han limitado a obedecer.
Acatar los principios impuestos por los llamados expertos en temas económicos y aceptar sin preguntas las sugerencias de los que provocaron la crisis, no ha servido absolutamente de nada y ha colocado a los ciudadanos en un trance agónico, que amenaza con acabar extinguiendo todo lo que tenga que ver con su bienestar.
Es básico que el pensamiento sea libre para poder dilucidar qué conviene al grueso de las sociedades hacer a favor de sí mismas y aportar a la defensa de éstos intereses, cualquier iniciativa que descomponga los planes que para ellas se trazaron desde las altas esferas, ya que las mayorías nunca pertenecieron a ellas, ni cabe esperar indulgencia, de parte de quienes, además de poseerlo todo, nada quieren compartir con los demás.
La desconfianza generada por una clase política y sindical, que ha dejado el destino de la ciudadanía, en manos de quienes no están interesados en mejorarlo, más que ser entendida como una forma de indefensión, ha de ser orientada hacia otros movimientos asociativos, de estructuras diferentes, en los que encontrar un apoyo común e innegociable, en el que asentar las bases de un mundo nuevo.
Definitivamente caduco, el sistema liberal está fracasando estrepitosamente, haciendo desaparecer las clases medias, y devolviéndonos a una especie de sociedad feudal, en la que el poder vuelve a encontrarse en las manos privilegiadas de una nobleza sin títulos, que exige cada vez más tributos a sus siervos.
Habrá, evidentemente, que pagar la inexperiencia, fomentada por los dueños del mundo, durante los años en que nos permitieron acostumbrarnos a la comodidad de una vida fácil.
Pero ahora la vida es difícil y se convierte en imprescindible agudizar el ingenio para combatir el desastre, desde la única posición de fuerza que aún nos queda: la superioridad numérica.
Anclados en los recuerdos, manteniendo la esperanza de que las cosas acabarán por solucionarse de una manera u otra, apegados al miedo que produce la permanente amenaza de un futuro peor y recluidos en la tristeza de contemplar nuestra propio reflejo, esperando un milagro que nunca se producirá, nuestras posibilidades de supervivencia quedarán seriamente heridas, en muchos casos mortalmente.
Debemos despertar. Y ponernos en marcha cuanto antes.
El sueño de un estado de bienestar, auspiciado por los benefactores capitalistas, quedó destrozado en el mismo momento en que los dueños de los poderes económicos, decidieron que la complacencia con que se había tratado a las clases medias, estaba suponiendo un peligroso acercamiento a un status, únicamente reservado a las más influyentes familias de la sociedad.
Así, empezaron a desdecirse de cuánto antes habían afirmado y volvieron a colocar en su sitio correspondiente, a todos aquellos que habían tenido la imperdonable osadía de pensar que podrían hacerse un hueco en los lugares exclusivos, frecuentados por unos pocos, habiendo emergido, en muchos casos, de una nada de la que nunca debieron salir.
Los más de cinco millones de parados que soporta nuestro país, son una demostración personificada de este argumento y las medidas que ya empezaron a tomarse y que se tomarán, devuelven a cada cual, a sus propios orígenes.
Esta trama orquestada, de permitir durante algún tiempo, que los pueblos soñaran con metas inalcanzables, se encuentra ahora, exactamente, en su punto más álgido y aún habrán de venir, a manos de los obedientes políticos, días de mayor dureza, con los que terminar de rematar una diabólica estrategia.
Sobrevivir a la crisis se ha convertido para la inmensa mayoría, en un reto de proporciones desconocidas, que cada uno afrontará según salga parado de ella.
Probablemente, contribuirá sobremanera al desenlace, el grado de conformismo con que los pueblos asuman su destino. Desorientados ante un fenómeno históricamente desconocido y acostumbrados a la dulce comodidad de los años de bonanza, la desesperación por haber descendido a los infiernos de la pobreza, será mala consejera para los que han corrido peor suerte.
Y sin embargo, sin la rebeldía de asumir que las soluciones nunca vienen dadas sin lucha y que los sacrificios personales y colectivos a favor de las mayorías, a veces plantean dilemas de elección que perjudican seriamente, antes de encontrar un camino por el que salir de los laberintos, los hombres nunca podrán recuperar la dignidad perdida, para volver a empezar a caminar por sí mismos, sin manipuladores que los guíen.
El primer paso sería no mirar nunca más atrás, ya que de todos es sabido, que el pasado no vuelve. Puede que la historia esté, como dicen algunos, condenada a repetirse, pero las variaciones que acarrea el transcurso del tiempo, siempre la hacen ser, de algún modo, distinta.
Tampoco resulta práctico reprimir la indignación, pues los duelos han de ser vividos para ser superados y la etapa de aceptación de la pérdida de valores sufrida por las sociedades, ha sido comprobada con creces, ya que el futuro se plantea como algo peor.
Así pues, es ahora el momento de tratar de cambiar el guión con propuestas que delimiten los espacios que corresponden cada cual, en esta guerra económica, en la que hasta ahora, los pueblos se han limitado a obedecer.
Acatar los principios impuestos por los llamados expertos en temas económicos y aceptar sin preguntas las sugerencias de los que provocaron la crisis, no ha servido absolutamente de nada y ha colocado a los ciudadanos en un trance agónico, que amenaza con acabar extinguiendo todo lo que tenga que ver con su bienestar.
Es básico que el pensamiento sea libre para poder dilucidar qué conviene al grueso de las sociedades hacer a favor de sí mismas y aportar a la defensa de éstos intereses, cualquier iniciativa que descomponga los planes que para ellas se trazaron desde las altas esferas, ya que las mayorías nunca pertenecieron a ellas, ni cabe esperar indulgencia, de parte de quienes, además de poseerlo todo, nada quieren compartir con los demás.
La desconfianza generada por una clase política y sindical, que ha dejado el destino de la ciudadanía, en manos de quienes no están interesados en mejorarlo, más que ser entendida como una forma de indefensión, ha de ser orientada hacia otros movimientos asociativos, de estructuras diferentes, en los que encontrar un apoyo común e innegociable, en el que asentar las bases de un mundo nuevo.
Definitivamente caduco, el sistema liberal está fracasando estrepitosamente, haciendo desaparecer las clases medias, y devolviéndonos a una especie de sociedad feudal, en la que el poder vuelve a encontrarse en las manos privilegiadas de una nobleza sin títulos, que exige cada vez más tributos a sus siervos.
Habrá, evidentemente, que pagar la inexperiencia, fomentada por los dueños del mundo, durante los años en que nos permitieron acostumbrarnos a la comodidad de una vida fácil.
Pero ahora la vida es difícil y se convierte en imprescindible agudizar el ingenio para combatir el desastre, desde la única posición de fuerza que aún nos queda: la superioridad numérica.
Anclados en los recuerdos, manteniendo la esperanza de que las cosas acabarán por solucionarse de una manera u otra, apegados al miedo que produce la permanente amenaza de un futuro peor y recluidos en la tristeza de contemplar nuestra propio reflejo, esperando un milagro que nunca se producirá, nuestras posibilidades de supervivencia quedarán seriamente heridas, en muchos casos mortalmente.
Debemos despertar. Y ponernos en marcha cuanto antes.

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