jueves, 5 de enero de 2012

Rendición sindical

El deterioro sufrido por las centrales sindicales en los últimos tiempos, a causa de la inexplicable sumisión demostrada frente a las medidas que han ido lesionando paulatinamente los derechos de los trabajadores, alcanza hoy mismo su punto más extremo, con la aceptación de subidas salariales, por debajo del IPC.
Probablemente amedrentados por la decisión del gobierno Rajoy, de rebajar un veinte por ciento las subvenciones que reciben del estado, se apresuran a preservar el 80% restante, estableciendo una serie de acuerdos con la derecha, que no hacen otra cosa que agravar la relación que tienen con sus afiliados y perjudicar la ya maltrecha imagen que de su gestión, ha formado la mayoría del pueblo español.
Se supone que la labor principal de un sindicato consiste en defender a capa y espada los intereses de sus representados, negociando siempre a favor de los estamentos formados por los asalariados, y contrarrestando las aspiraciones lucrativas de la patronal, a veces incluso, con acciones de fuerza.
En contraposición, nuestras centrales sindicales, han permanecido a merced de las imposiciones de los gobiernos de turno, mientras los logros conseguidos por los humildes durante duros años de lucha, se han ido reduciendo, hasta dejarlos en una indefensión difícilmente entendible para los que pusieron su confianza en que los herederos de líderes como Marcelino Camacho, nunca entrarían a formar parte de las agresivas políticas globalizadotas del capital, renunciando a una ideología que desde siempre, había movido a los hombres hacia la consecución de un mundo más justo.
Tener que oír ahora a los secretarios generales de nuestros principales sindicatos mencionar la sola posibilidad de que podrían aceptar la reducción de jornada par impedir el despido, sin el menor atisbo de lucha, insinuar que podrían entrar a negociar con la patronal el despido libre, tira por tierra todas las teorías relacionadas con la raíz misma de sus funciones y demuestra la absoluta soledad en que nos encontramos los trabajadores, en este clima de corrupción generalizada, que salpica estrepitosamente cualquier organismo que, hasta ahora, podría haber sido considerado como parte nuestra.
Es evidente que si queremos defendernos, habremos de hacerlo lejos de aquellos que no están en absoluto dispuestos a morder la mano que les da de comer y que prefieren aferrarse a los sillones de poder que ocupan, aunque sea a riesgo de perder cualquier atisbo de dignidad o moralidad que `pudiera quedarles, si es que alguna vez supieron el significado de estos conceptos.
Nuestros líderes sindicales, por desgracia, se han convertido en meros títeres de los poderes políticos, e incluso ya no son siquiera, una correa de transmisión de ciertas ideologías, como siempre se había pensado de ellos.
Ahora son entes monstruosos que se vuelven contra los suyos, traicionando los principios que movieron a su creación y que pululan como almas en pena, tras quienes puedan prometerles una estabilidad económica, entorpeciendo todas las iniciativas que intenten mejorar la desastrosa situación laboral a la que nos han llevado, por igual, ellos mismos y nuestros pésimos gobernantes.
No sería una falacia, llamar a la insumisión de los afiliados de las centrales sindicales y animarlos a seguir las directrices marcadas democráticamente por movimientos más frescos, como los ciudadanos, aún no corrompidos por la mano negra del poder económico que arrasa Europa, intentando terminar con todo lo que tenga que ver con mejoras sociales, que acerquen a las mayorías a un sistema más igualitario y feliz.
Baste una sugerencia que quizá serviría para redimir, en parte, el inexplicable comportamiento de nuestros sindicatos: renuncien a cualquier subvención estatal y únanse, de verdad, a los movimientos obreros, a pie de calle, para intentar resolver los problemas derivados de esta maldita crisis inventada, por la avaricia de los más pudientes.
Éste, y no otro, es el sitio que corresponde a quienes quieran representar nuestra posición. Y no la grandeza de los edificios que ocupan sus despachos, ni el trato frecuente con las altas esferas que nos asfixian.



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