martes, 23 de noviembre de 2010

Vientos de contienda




La lluvia pertinaz con que nos saluda este Otoño, que no nos permite disfrutar de dos días seguidos de sol y nos obliga a refugiarnos en casa, buscando un calor mucho más propio del invierno, acaba por minar un poco el ánimo, ya tocado por las malas noticias que se producen a nuestro alrededor, como si nos hubiera tocado vivir una de esas rachas nefastas de las que no se sale nunca.
Hoy los coreanos se atacan los unos a los otros, por si no hubieran tenido ya bastante con aquella guerra, que nos suena lejana, y que sólo conocemos ligeramente, por la mención que a ella se hace en algunas películas americanas.
La palabra guerra, tiene espantosas connotaciones de dolor y de espanto. Es igual dónde se produzca, nos pille o no cercana, siempre deja tras de sí un reguero de vidas rotas, de inocencias violadas y de un terror insuperable hacia nuestra misma especie, que roza los límites de la razón con su inexplicable cadena de violencias.
Poco importará hoy a los coreanos que haya bajado la bolsa en España a causa del hundimiento económico de Irlanda, o si la madre iglesia autoriza o no el uso del preservativo en casos muy contados, sin el apoyo de su curia más recalcitrante. Hoy, a los coreanos, seguramente, lo único que les preocupará será encontrar un rincón donde sobrevivir a su propia tragedia e incluso hallar una remota posibilidad de huir hacia pacíficos territorios donde no les roce, siquiera, su enquistado conflicto.
Oigo deslizarse la lluvia a través de los cristales, con una exagerada melancolía y me invade una sensación de profunda tristeza al comprobar lo poco que hemos aprendido los seres humanos en tantos años de existencia.
¿Qué puede ser tan grave que nos lleve a tomar entre las manos un arma y acabar con la vida de otro, como demostración de un odio ancestral que ni siquiera termina cuando la persona que teníamos enfrente exhala su último suspiro? ¿Qué clase de enseñanza hemos sido capaces de asimilar si aún cuando contemplando, en vivo y en directo, las atrocidades que somos capaces de hacernos, no se nos mueve la conciencia para dar un paso atrás y recapacitar sobre nuestros actos?
¿A quien interesa realmente que se diezme la población mundial como para dedicar su tiempo a recrudecer viejos rencores hasta hacerlos desembocar en un alzamiento armado donde probar cualquier artilugio letal de inquietantes repercusiones posteriores?
Verdaderamente, el maldito mundo se mueve exclusivamente por intereses económicos y aquellos que se hallan en su cima, en otra dimensión que el resto de los mortales, aquellos que ni siquiera se detienen ya a contar sus desorbitados beneficios, son .desgraciadamente, los amos de nuestro triste universo.
Y aunque lo sabemos, la ratonera en que nos encontramos atrapados tiene un candado exageradamente grande para nuestras frágiles manos de tristes trabajadores y es tal nuestra simpleza, que comprender los entresijos del sofisticado engranaje de estos seres sin rostro, escapa, literalmente, de nuestras posibilidades de entendimiento, humanas y limitadas, al fin, sin la maldad necesaria para hacer de nuestros semejantes, juguetes rotos con los que enriquecernos y divertirnos.
Entre tanta mala conciencia, alguien ha repartido a los niños de Afganistán ejemplares de “El principito”, traducido a su lengua. Un bello gesto que quizá pueda darles una perspectiva del mundo diferente a la que ven diariamente en los humildes poblados en los que sobreviven: que en el mundo, además de la guerra existen valores por los que merece mucho más la pena luchar, el amor y la amistad, por ejemplo. Tal vez también debieran hacerlos llegar a los poderosos.




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