No está claro que el conflicto vasco tenga arreglo. Las múltiples tentativas de todos los gobiernos democráticos por hallar una solución digna que termine con la violencia que sacude, como un látigo pertinaz, la geografía de la península, se han topado en todas las ocasiones con un muro insalvable de incomprensión y de mutua falta de respeto.
Hay quien ha llegado a pensar, que en realidad no interesa esclarecer una situación que suele ser la estrella de todas las campañas electorales, que ha hecho correr caudalosos ríos de tinta en todos los medios de comunicación, que ha sido el centro de los más sonados acuerdos y desacuerdos entre los grupos del arco político y que mueve a su alrededor toda una sarta de subterfugios barriobajeros por los que debatir casi a diario.
Ahora quiere ETA que se establezca una mediación internacional, teóricamente neutral, para establecer un diálogo en el que las partes pongan sobre la mesa sus exigencias, de un modo similar a lo que ocurrió en Irlanda del Norte, y el gobierno, por una vez apoyado también por el principal partido de la oposición, contesta que la única premisa válida para empezar a discutir es el abandono de las armas.
Es difícil para quien ha llevado una vida de continuo trasiego, de férrea clandestinidad, de lucha armada, acoplarse a un ritmo normal de convivencia y en concreto, el abandono de la arraigada costumbre de practicar la violencia de continuo, resulta prácticamente imposible para quien no conoce ya otro modo de subsistencia.
A pesar de que hace algún tiempo no se producen atentados, y los últimos comunicados de ETA han asegurado una paralización de los actos terroristas, el corazón de la cuestión permanece latente en la cabeza de cuantos habitamos el país, que no acabamos de creer lo que nos dicen, fundamentalmente, cuando las declaraciones provienen de lúgubres encapuchados en ambientes de sordidez extrema y se da la proximidad de un periodo electoral al que sus simpatizantes tienen prohibido presentarse.
Por otro lado, los familiares de las víctimas, ejercen una constante presión para que ni siquiera pueda plantearse la opción de dialogar con los confesos asesinos de sus seres queridos, cuestión verdaderamente comprensible, pues no hay perdón real cuando te arrebatan a alguien de tal manera.
No se sabe muy bien qué pasa por la cabeza de Rubalcaba en estos momentos en los que sus superpoderes han aumentado considerablemente. Quizá anda enredado en otras cosas de mayor urgencia y, en vista de la paralización momentánea de actos sanguinolentos, puede que haya decidido darse un margen para pensar, mientras lidera su maltrecho partido intentando una milagrosa recuperación a base de mordaz discurso.
Tampoco parece hacer demasiado caso a las constantes declaraciones de batasuna, que en una especie de juego a dos bandas, saca tímidamente los pies del plato pidiendo la resolución del conflicto, pero no termina de atreverse a condenar nada de lo que los encapuchados hagan, ni a convencerlos de que entreguen los arsenales que aún deben poseer, a razón de los zulos descubiertos en Francia.
Y así, en esta vorágine nunca esclarecida, el tiempo va pasando inexorablemente, sin que lleguemos a conocer el feliz día en que la paz real sea con nosotros definitivamente. No sé si tendremos la suerte de verlo con nuestros propios ojos, pero por el cariz que toman los acontecimientos, no sería de extrañar que esta fuera la única y triste herencia que podamos legar a nuestros hijos.
Hay quien ha llegado a pensar, que en realidad no interesa esclarecer una situación que suele ser la estrella de todas las campañas electorales, que ha hecho correr caudalosos ríos de tinta en todos los medios de comunicación, que ha sido el centro de los más sonados acuerdos y desacuerdos entre los grupos del arco político y que mueve a su alrededor toda una sarta de subterfugios barriobajeros por los que debatir casi a diario.
Ahora quiere ETA que se establezca una mediación internacional, teóricamente neutral, para establecer un diálogo en el que las partes pongan sobre la mesa sus exigencias, de un modo similar a lo que ocurrió en Irlanda del Norte, y el gobierno, por una vez apoyado también por el principal partido de la oposición, contesta que la única premisa válida para empezar a discutir es el abandono de las armas.
Es difícil para quien ha llevado una vida de continuo trasiego, de férrea clandestinidad, de lucha armada, acoplarse a un ritmo normal de convivencia y en concreto, el abandono de la arraigada costumbre de practicar la violencia de continuo, resulta prácticamente imposible para quien no conoce ya otro modo de subsistencia.
A pesar de que hace algún tiempo no se producen atentados, y los últimos comunicados de ETA han asegurado una paralización de los actos terroristas, el corazón de la cuestión permanece latente en la cabeza de cuantos habitamos el país, que no acabamos de creer lo que nos dicen, fundamentalmente, cuando las declaraciones provienen de lúgubres encapuchados en ambientes de sordidez extrema y se da la proximidad de un periodo electoral al que sus simpatizantes tienen prohibido presentarse.
Por otro lado, los familiares de las víctimas, ejercen una constante presión para que ni siquiera pueda plantearse la opción de dialogar con los confesos asesinos de sus seres queridos, cuestión verdaderamente comprensible, pues no hay perdón real cuando te arrebatan a alguien de tal manera.
No se sabe muy bien qué pasa por la cabeza de Rubalcaba en estos momentos en los que sus superpoderes han aumentado considerablemente. Quizá anda enredado en otras cosas de mayor urgencia y, en vista de la paralización momentánea de actos sanguinolentos, puede que haya decidido darse un margen para pensar, mientras lidera su maltrecho partido intentando una milagrosa recuperación a base de mordaz discurso.
Tampoco parece hacer demasiado caso a las constantes declaraciones de batasuna, que en una especie de juego a dos bandas, saca tímidamente los pies del plato pidiendo la resolución del conflicto, pero no termina de atreverse a condenar nada de lo que los encapuchados hagan, ni a convencerlos de que entreguen los arsenales que aún deben poseer, a razón de los zulos descubiertos en Francia.
Y así, en esta vorágine nunca esclarecida, el tiempo va pasando inexorablemente, sin que lleguemos a conocer el feliz día en que la paz real sea con nosotros definitivamente. No sé si tendremos la suerte de verlo con nuestros propios ojos, pero por el cariz que toman los acontecimientos, no sería de extrañar que esta fuera la única y triste herencia que podamos legar a nuestros hijos.

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