Hay pruebas evidentes de que el amor puede durar para toda la vida. No es cierto que la felicidad llegue a ser eterna, pero sí que hasta las peores circunstancias imaginables, aportan a las personas una capacidad especial para sobrellevar el sufrimiento y que cuando los sentimientos andan por medio, la resignación se acepta como una compañera de viaje con la que convivir mientras duran los sucesos que nos provocan desazón, sin permitirnos dejar de luchar o sucumbir al desaliento.
Era precioso ver todavía, la mirada de Josefina Samper cuando su compañero de siempre, Marcelino Camacho, pronunciaba un discurso en alguna celebración sindical a la que acudía ,esporádicamente, como invitado y contemplar cómo sus ojos se llenaban de lágrimas dejando entrever la gran admiración que por él sentía, a pesar de la durísima existencia que siempre compartieron y de los muchos años que les unían, personalmente y en su causa.
Hemos sentido un hondo pesar cuando este fin de semana la hemos visto acariciar el féretro de su gran amor, con la sencillez que siempre caracterizó a esta mujer valiente que se ha pasado parte de su existencia en una espera inquieta, de malos presagios, de trabas también para élla y su familia, en otra cárcel diferente a la que soportaba su compañero, pero siempre de acuerdo con su pensamiento y apoyando en la sombra cualquier iniciativa que le pudiera ser de ayuda.
Quizá aprendió en el libro de la vida esa admirable entereza que el otro día le permitió recibir los miles de abrazos de quienes se acercaron hasta la capilla ardiente de su marido, recibiendo por igual al príncipe que al mendigo, agradeciendo con esos ojos habladores y limpios, de corazón, el sentimiento generalizado de tristeza que los humildes demostraban por la pérdida de quien ha sido su defensor y, en concreto, por un hombre bueno.
Ahora que se ha marchado la mitad de su esencia, puede que haya llegado el momento de ofrecer un poco de protagonismo a esta mujer abnegada y maravillosa que, probablemente, notará dentro de sí un enorme vacío irrecuperable en el tiempo en que esté aún entre nosotros.
Debe saber que no está sola, que en nuestra memoria también permanece su imagen de alegría en la puerta de la prisión esperando la salida de Marcelino después del indulto, su presencia callada junto a él en los mítines, su lucha codo a codo, sin ínfulas, por los ideales que aceptaron ambos como doctrina, su honrada simplicidad aceptando el segundo plano que le correspondiera en el reparto de los papeles.
Debe saber, que hay una cercanía y un calor humano, procedente de la clase trabajadora, que la envuelve y la mima dándole la justa importancia que tiene en el transcurso de esta historia.
Porque sin ella, sin su aliento, sin su fuerza y sin su voluntariosa dignidad, nada hubiera sido posible y sin su aportación tácita, sin la la limpieza de su mirada amorosa, seguramente, el gran líder se hubiera visto obligado a actuar de otra manera y acaso hoy no estaríamos despidiéndole con el cariño que lo hacemos.
Era precioso ver todavía, la mirada de Josefina Samper cuando su compañero de siempre, Marcelino Camacho, pronunciaba un discurso en alguna celebración sindical a la que acudía ,esporádicamente, como invitado y contemplar cómo sus ojos se llenaban de lágrimas dejando entrever la gran admiración que por él sentía, a pesar de la durísima existencia que siempre compartieron y de los muchos años que les unían, personalmente y en su causa.
Hemos sentido un hondo pesar cuando este fin de semana la hemos visto acariciar el féretro de su gran amor, con la sencillez que siempre caracterizó a esta mujer valiente que se ha pasado parte de su existencia en una espera inquieta, de malos presagios, de trabas también para élla y su familia, en otra cárcel diferente a la que soportaba su compañero, pero siempre de acuerdo con su pensamiento y apoyando en la sombra cualquier iniciativa que le pudiera ser de ayuda.
Quizá aprendió en el libro de la vida esa admirable entereza que el otro día le permitió recibir los miles de abrazos de quienes se acercaron hasta la capilla ardiente de su marido, recibiendo por igual al príncipe que al mendigo, agradeciendo con esos ojos habladores y limpios, de corazón, el sentimiento generalizado de tristeza que los humildes demostraban por la pérdida de quien ha sido su defensor y, en concreto, por un hombre bueno.
Ahora que se ha marchado la mitad de su esencia, puede que haya llegado el momento de ofrecer un poco de protagonismo a esta mujer abnegada y maravillosa que, probablemente, notará dentro de sí un enorme vacío irrecuperable en el tiempo en que esté aún entre nosotros.
Debe saber que no está sola, que en nuestra memoria también permanece su imagen de alegría en la puerta de la prisión esperando la salida de Marcelino después del indulto, su presencia callada junto a él en los mítines, su lucha codo a codo, sin ínfulas, por los ideales que aceptaron ambos como doctrina, su honrada simplicidad aceptando el segundo plano que le correspondiera en el reparto de los papeles.
Debe saber, que hay una cercanía y un calor humano, procedente de la clase trabajadora, que la envuelve y la mima dándole la justa importancia que tiene en el transcurso de esta historia.
Porque sin ella, sin su aliento, sin su fuerza y sin su voluntariosa dignidad, nada hubiera sido posible y sin su aportación tácita, sin la la limpieza de su mirada amorosa, seguramente, el gran líder se hubiera visto obligado a actuar de otra manera y acaso hoy no estaríamos despidiéndole con el cariño que lo hacemos.

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