domingo, 21 de noviembre de 2010

Pánico en las aulas

El único delito que podría achacarse a los docentes sería el de intentar, por todos los medios, abrir camino a sus alumnos en su vida futura.
Por lo general, las personas que eligen la enseñanza como profesión, suelen ser idealistas vocacionales que sueñan con mejorar el nivel cultural de los jóvenes, a base de entrega y paciencia, pero el tópico extendido de que disfrutan de largas vacaciones y de cortas jornadas laborales, ha ido minando la idea que de ellos tiene la sociedad y, por añadidura, asentando en la mente de los estudiantes una falta de respeto que, en la mayoría de los casos, proviene íntegramente de los comentarios que oyen en sus casas.
Esa imagen grabada a fuego en el pensamiento general, sumada al desconocimiento de valores que nuestra juventud arrastra en los últimos años, a la soledad que padecen debido a la falta de tiempo que les dedican sus padres y a la protección exagerada que la ley les ofrece cuando cometen un delito, ha convertido la enseñanza en una carrera peligrosa, repleta de agresiones verbales y físicas, que ningún gobierno hasta ahora se atreve a atajar, en la medida que le corresponde.
La noticia de varios alumnos implicados en un tiroteo a las viviendas privadas de sus maestros, a pesar de la gravedad de los hechos, no es más que otro paso, en la interminable lista de actos deleznables, que a diario se producen en innumerables centros del país, en muchos casos, con la colaboración directa de unos progenitores que no son precisamente, un ejemplo para sus alterados hijos.
Si no se toman pronto medidas ejemplares que eviten radicalmente que estos hechos se sigan produciendo, al final llegaremos a encontrarnos frente a un problema similar al de la violencia de género, que ya nadie podrá parar, por muchos ministerios de ayuda que se saquen de la manga los políticos de turno, los mismos que ahora se inhiben, en su totalidad, de lo que se cuece en las aulas de todo nuestro territorio.
Casualmente, aún no se ha llegado a un resultado de muerte en la persona de un enseñante, pero según el cariz que están tomando los acontecimientos, no sería de extrañar que una noticia como esta, abriera el día menos pensado las portadas de todos los telediarios.
Quizá convendría aleccionar a unos padres excesivamente relajados con la educación de sus hijos, para que de una vez, asumieran que la educación de sus vástagos corresponde en exclusividad a quienes decidieron traerlos al mundo, y que la labor de los Colegios e Institutos, no es otra, más que la de ofrecer formación académica, siempre dentro de unas normas establecidas de respeto cívico.
En dos palabras: a los hijos hay que mandarlos a la Escuela ya educados, preocuparse de que, a ser posible, no sean portadores de armas blancas o de fuego, como en el episodio antes comentado, y desde luego, con la clara idea de que la persona que tienen enfrente, su profesor, no es un monigote del que mofarse, ni un colega al que insultar, ni una figura de papel con la que practicar el lanzamiento de cuchillos o el tiro al blanco.
La justicia, debe categóricamente proteger, sin fisuras, al profesorado y si para ello hay que cambiar una ley del menor que no satisface ya a nadie, ni demuestra beneficios para los no tan tiernos infantes, no quedará otro remedio que hacerlo, ya que la permisividad actual deja sólo la evidencia de una degradación de costumbres significativamente peligrosa.
El apoyo de las familias a los que se encargan de sus hijos a diario, debe ser total y la reprobación a lo medios utilizados por determinados bárbaros contra cualquier disciplina impuesta a quienes suelen ser un problema en casa y en la clase, ha de ser correspondida con medidas contundentes desde la inspección, que sólo parece preocuparse por alcanzar un porcentaje elevado de aprobados, dejando a sus trabajadores en la más completa indefensión.

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