¡Alabado sea Dios! Al fin se han abierto los ojos cerrados de la más alta jerarquía de la Iglesia Católica, apostólica, romana y su máxima autoridad en la tierra, habiendo recapacitado largamente, ha descubierto las ventajas del uso del condón, eso sí, sólo en determinadas situaciones.
Desde que la propagación del sida se relacionara directamente con la práctica de las relaciones sexuales sin protección, la postura inamovible del papado abogaba por la castidad, como único medio de no adquirir la enfermedad por contagio y sus ayudantes más cercanos, a saber, una masa ingente de carcamales ochentones que detentan el grado de cardenales u obispos, seguían a pies juntillas las instrucciones de su jefe, vociferando en contra de cualquier método anticonceptivo, ya que consideraban como función principal de la pareja, la procreación.
Y tampoco se han apeado ahora del burro, no vayan a creer, pues los casos excepcionales en que podría tolerarse el uso del preservativo, se refieren, literalmente, a aquellos en que se adopte el sexo como profesión, es decir, cuando anda de por medio la prostitución como medio de vida.
A poco que se reflexione sobre la noticia, se cae rápidamente en la cuenta, que se sigue considerando pecado mortal, atajar el paso de los espermatozoides cuando la relación la lleva a cabo una pareja normal, teóricamente limpia de cualquier acto moralmente reprobable, incluso santificada por el sacramento del matrimonio, que acude semanalmente a misa, que cuenta sus más elementales errores a su confesor y que cumple escrupulosamente sus dictados pero, por razones individuales, decide, por ejemplo, no concebir más hijos. Su vida ejemplar, a los ojos de los jerarcas vaticanos, se va directamente al garete, sin importar su intachable conducta anterior y su condenación está asegurada únicamente porque, a lo peor, su situación económica no es la más acertada para admitir a nuevos miembros en la unidad familiar o porque, acaso, uno de los dos es portador del VIH, por razones que ahora no vienen al caso, y no desea contagiar al otro.
Pero he aquí que la mano santa se abre milagrosamente si una mujer de la vida, pecadora impenitente, sin remilgos a la hora de meterse en la cama con cualquiera que le ofrezca una satisfacción económica, para hacer cosas que, seguramente, escapan a la santidad espiritual de los mandatarios vaticanos, y la magnanimidad se hace patente de manera repentina permitiendo que la infección no se propague a sus clientes que, desde luego, no son precisamente angelitos de la corte celestial y casi siempre arrastran consigo, una conducta de infidelidad nada grata para la vida familiar que proclaman a los cuatro vientos los señores vestidos de púrpura.
Nada dice el escrito de si la benevolencia papal llega también a los muchísimos casos de pederastia que están creciendo como hongos entre las filas de los que lidera. No estaría nada bien infectar a niños inocentes con una enfermedad relacionada muy directamente con las prácticas homosexuales, si se realizan sin la debida protección, y, desde luego, aquellos que llegan a la degradación de aprovecharse de los más débiles en un abuso indescriptible de autoridad, probablemente ya han recorrido un largo camino de aberraciones anteriores con las que podrían haber contraído el SIDA, por derecho.
No sé si ahora que se han abierto las puertas del cielo a determinados pecadores, los demás podremos pasar también, aunque sea por una rendija, al paraíso celestial que se nos ha negado sistemáticamente, simplemente por ser portadores de lesa humanidad. Tal vez se reblandezcan las oscuras e inquebrantables membranas de los corazones de quienes se creen con derecho a juzgarnos o a darnos unas lecciones de moralidad, que nunca son medidas con el mismo rasero cuando se trata de la curia.
Desde que la propagación del sida se relacionara directamente con la práctica de las relaciones sexuales sin protección, la postura inamovible del papado abogaba por la castidad, como único medio de no adquirir la enfermedad por contagio y sus ayudantes más cercanos, a saber, una masa ingente de carcamales ochentones que detentan el grado de cardenales u obispos, seguían a pies juntillas las instrucciones de su jefe, vociferando en contra de cualquier método anticonceptivo, ya que consideraban como función principal de la pareja, la procreación.
Y tampoco se han apeado ahora del burro, no vayan a creer, pues los casos excepcionales en que podría tolerarse el uso del preservativo, se refieren, literalmente, a aquellos en que se adopte el sexo como profesión, es decir, cuando anda de por medio la prostitución como medio de vida.
A poco que se reflexione sobre la noticia, se cae rápidamente en la cuenta, que se sigue considerando pecado mortal, atajar el paso de los espermatozoides cuando la relación la lleva a cabo una pareja normal, teóricamente limpia de cualquier acto moralmente reprobable, incluso santificada por el sacramento del matrimonio, que acude semanalmente a misa, que cuenta sus más elementales errores a su confesor y que cumple escrupulosamente sus dictados pero, por razones individuales, decide, por ejemplo, no concebir más hijos. Su vida ejemplar, a los ojos de los jerarcas vaticanos, se va directamente al garete, sin importar su intachable conducta anterior y su condenación está asegurada únicamente porque, a lo peor, su situación económica no es la más acertada para admitir a nuevos miembros en la unidad familiar o porque, acaso, uno de los dos es portador del VIH, por razones que ahora no vienen al caso, y no desea contagiar al otro.
Pero he aquí que la mano santa se abre milagrosamente si una mujer de la vida, pecadora impenitente, sin remilgos a la hora de meterse en la cama con cualquiera que le ofrezca una satisfacción económica, para hacer cosas que, seguramente, escapan a la santidad espiritual de los mandatarios vaticanos, y la magnanimidad se hace patente de manera repentina permitiendo que la infección no se propague a sus clientes que, desde luego, no son precisamente angelitos de la corte celestial y casi siempre arrastran consigo, una conducta de infidelidad nada grata para la vida familiar que proclaman a los cuatro vientos los señores vestidos de púrpura.
Nada dice el escrito de si la benevolencia papal llega también a los muchísimos casos de pederastia que están creciendo como hongos entre las filas de los que lidera. No estaría nada bien infectar a niños inocentes con una enfermedad relacionada muy directamente con las prácticas homosexuales, si se realizan sin la debida protección, y, desde luego, aquellos que llegan a la degradación de aprovecharse de los más débiles en un abuso indescriptible de autoridad, probablemente ya han recorrido un largo camino de aberraciones anteriores con las que podrían haber contraído el SIDA, por derecho.
No sé si ahora que se han abierto las puertas del cielo a determinados pecadores, los demás podremos pasar también, aunque sea por una rendija, al paraíso celestial que se nos ha negado sistemáticamente, simplemente por ser portadores de lesa humanidad. Tal vez se reblandezcan las oscuras e inquebrantables membranas de los corazones de quienes se creen con derecho a juzgarnos o a darnos unas lecciones de moralidad, que nunca son medidas con el mismo rasero cuando se trata de la curia.

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