Me agarra de improviso una especie de gripe llorona y fastidiosa, que paraliza momentáneamente mi rutina diaria, obligándome a estar pañuelo en ristre, incluso mientras escribo, pues no es cuestión de andar por la vida con el moco colgando.
Acomodada bajo el calor de una manta, ni siquiera me acerco a comprar la prensa y hasta me cuesta trabajo escuchar la radio, ya que mis oídos deben tener dentro una colmena de abejas zumbonas, que complicadas con el dolor de cabeza, parecen ordenar drásticamente al cuerpo que adopte la posición vertical, para poder alcanzar la mínima dosis de comodidad necesaria, que ayude a conciliar la respiración interrumpida por los estornudos continuos que la azotan.
Hago el esfuerzo de no abandonar la ventana que abro a diario hacia vosotros, y en cierto modo, quizá busco el consuelo cómplice de mis lectores, en este día aburrido en el que una inapetencia total me mantiene recluida en mis aposentos sin otra perspectiva, que la de dormitar mientras rumio mi lucha con los virus, con el ánimo de derrotarlos a la mayor brevedad posible.
Prefiero no mirar la televisión, que cada vez me parece peor y más insufrible con ese estar ,a jornada completa, ocupada en averiguar y difundir las interioridades de la gente, yo creo que sin tan siquiera ir a dormir a casa.
No tengo el ánimo para comentar que han asesinado a otra mujer en un nuevo caso de violencia de género, y mucho menos para andar elucubrando sobre la subida del euro sobre el dólar y el perjuicio que esto tendrá sobre nuestras exportaciones, y aunque sé positivamente que ambos temas serían merecedores de toda mi atención, el escalofrío que me recorre la espalda me hace desistir de abordar nada complicado en estas líneas que os hago llegar por mero sentido de responsabilidad voluntariosa.
Pero lo que de verdad me apetece hoy es que me cuiden. Que me arropen amorosamente, hasta que me compadezcan, que me sirvan un caldito caliente con su ramita de hierbabuena, que me regalen alguna chuche con que endulzar el amargo sabor que deja en la boca el maldito catarro y que mis amigos me hagan alguna que otra llamada que me demuestre cuánto me quieren.
Y aunque se acerca el fin de semana, que es sagrado descanso para cualquier trabajador, hoy me vais a permitir la licencia de lamer mis miserias sin acudir a la urgencia de la noticia, porque a decir verdad, hoy me importa un bledo que se hunda el mundo y lo único que me preocupa realmente, es que no se me pase la hora de tomar el paracetamol.

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