sábado, 13 de noviembre de 2010

Uno de esos momentos...

La alegría desbordante de mis hijas, con los preparativos de la boda, se vuelve contagiosa adquiriendo la facultad de cambiar el cansancio por una actividad frenética de la que no se quiere escapar.
Su risa ahora, es una de esas imágenes que, sin duda, recordaré toda mi vida, pues si un objetivo he tenido desde que nacieron, es que alcanzaran la felicidad.
Están estos días en una fase de belleza especial, dulce y chispeante, como gritándole al mundo sin pudor que gozan de una existencia plena y que atraviesan una etapa a la que no quisieran renunciar, convirtiéndola, por arte de magia, en una eternidad de magnífica plenitud.
Andan trasteando las calles, las tiendas, las casas de unos y de otros, reuniéndose a todas horas sin un motivo específico, eligiendo piezas musicales que escuchan en varias versiones, inventando bailes, recopilando listas interminables de amigos de todas las edades y ,en fin, viviendo a tope esta experiencia, que, desde luego, será irrepetible.
Yo siempre he procurado observarlas desde la distancia, dejándolas hacer a base de aprendizaje permanente, permitiéndoles ir engranando su destino como uno de esos juegos de piezas, que van encajando con dificultad, una sobre otra, hasta alcanzar la construcción deseada, después de mucho esfuerzo e ingenio.
Y ahora que militan en su propio bando, que han formado libremente núcleos nuevos de convivencia, que caminan con paso firme en sus respectivas profesiones y que aún así, necesitan la mutua compañía como si todavía fueran pequeñas, me encanta formar parte de sus iniciativas y me siento realmente orgullosa de que sean particularmente generosas en el plano de los sentimientos.
La teatralidad de los últimos días, acabará pasando, nos bajaremos del escenario en el que estamos expuestos al público de alrededor y llegarán las horas sosegadas de referir los recuerdos de estos momentos que permanecerán en el cuaderno familiar como un acontecimiento imborrable.
Pero ahora, mientras escribo, las oigo hablar entre susurros en otra habitación con una complicidad que siempre tuvieron. No me llega con claridad el contenido de la conversación, ni me interesa verdaderamente conocerlo. En realidad, me basta con la cercanía de sus voces alegres, que revitalizan mi existencia como un ungüento absolutamente necesario para empezar a caminar y aunque nos falta una parte importante de la familia, la unión perfecta que hemos conseguido, basta y sobra para querer detener el tiempo, sin que nos rocen las nubes negras que se ciernen sobre el resto del mundo, porque el nuestro, empieza y termina en los pequeños límites con que acotamos nuestro territorio.






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