Con frecuencia, nos horrorizan las historias que suele contar la policía, cada vez que desarticula un negocio relacionado con el tráfico de mujeres.
La profesión más antigua del mundo, se nutre ahora del engaño generalizado, para traer a chicas de otros países, con un supuesto contrato de trabajo- generalmente relacionado con la hostelería- que al final resulta ser un auténtico calvario de reclusión forzosa. en un burdel, donde son sometidas a todo tipo de crueles vejaciones, a cambio de pagar una deuda contraída con aquellos que las esclavizan con jornadas de trabajo ininterrumpidas, de las que no pueden escapar.
Parece que este negocio, en principio legal, en el caso de que las trabajadoras lo fueran por voluntad propia, es la tercera fuente de producción de dinero negro y genera auténticas fortunas a quienes los regentan, e incluso suben los niveles de poder adquisitivo de los pueblos en los que son instalados.
Pero detrás de cada mujer obligada a practicar la prostitución por medio de la fuerza, la amenaza y el miedo, existe un ser humano privado del derecho fundamental de la libertad y un episodio inenarrable de sufrimiento permanente, que poco parece importar a una sociedad, cuyo único deseo es el de no complicarse la vida con gente de la calaña que se mueve en estos territorios.
De todos es archiconocido lo que se cuece en estos locales, y sin embargo, llama poderosamente la atención la afluencia masiva de clientes que los frecuentan, a pesar de que la información que nos llega de ellos, no puede ser más aterradora para quienes nos consideramos personas normales, dentro de una supuesta civilización que, en principio, respeta los derechos humanos.
La pregunta es si la importancia del instinto sexual y su pronta satisfacción, puede llegar a ser más importante para los asiduos que la violenta deshumanización con que son tratadas las jóvenes con las que se van a la cama.
¿Qué clase de persona ignora los episodios de angustia de otra y sólo se preocupa de su satisfacción personal, abandonando luego el local de los horrores, creyendo haber pagado un servicio con unas pocas monedas? ¿Qué clase de conciencia aterradora permite a estos clientes volver a casa y contemplar sin inquietud el rostro de sus hijas, que tuvieron la suerte de no necesitar emigrar para vivir, y no recordar los ojos asustados de la muchacha que dejaron atrás horas antes, sin establecer un elemento de comparación entre ambas? ¿Cómo pueden siquiera dormir un solo día o pasar una sola noche, sin compadecerse de ellas?
Si hay justicia, la complicidad de estos clientes impasibles, que van a los Clubes de carretera y no denuncian lo que en ellos se cuece, está más que probada y su frialdad al encarar este asunto, es seriamente merecedora de un castigo ejemplar, tanto o más grande aún que el del proxeneta que las trajo. Ambos consideran seguramente a las mujeres, exclusivamente carne, sin cerebro ni sentimientos, deshechos de los que aprovecharse en propio beneficio, lucrativo o instintivo, para después devolverlas a un mundo en el que ya no tendrán jamás un sitio, si tienen la suerte de no terminar en una cuneta con el cuello rebanado.
No basta con las campañas orientativas, ni con la información o la ayuda que oferta el instituto de la mujer, ni con multas simbólicas que no resultan nada disuasorias, como prueba la proliferación de este tipo de negocios. Las penas deben ser ejemplares y adecuadas para quienes, sin conciencia, ignoran que el ser humano, de cualquier sexo, es algo más que unos genitales, que merece respeto y consideración, sobre todo cuando busca una vía para escapar de la pobreza.
La cuestión es bien fácil: sin clientes, se acabó el negocio.
La profesión más antigua del mundo, se nutre ahora del engaño generalizado, para traer a chicas de otros países, con un supuesto contrato de trabajo- generalmente relacionado con la hostelería- que al final resulta ser un auténtico calvario de reclusión forzosa. en un burdel, donde son sometidas a todo tipo de crueles vejaciones, a cambio de pagar una deuda contraída con aquellos que las esclavizan con jornadas de trabajo ininterrumpidas, de las que no pueden escapar.
Parece que este negocio, en principio legal, en el caso de que las trabajadoras lo fueran por voluntad propia, es la tercera fuente de producción de dinero negro y genera auténticas fortunas a quienes los regentan, e incluso suben los niveles de poder adquisitivo de los pueblos en los que son instalados.
Pero detrás de cada mujer obligada a practicar la prostitución por medio de la fuerza, la amenaza y el miedo, existe un ser humano privado del derecho fundamental de la libertad y un episodio inenarrable de sufrimiento permanente, que poco parece importar a una sociedad, cuyo único deseo es el de no complicarse la vida con gente de la calaña que se mueve en estos territorios.
De todos es archiconocido lo que se cuece en estos locales, y sin embargo, llama poderosamente la atención la afluencia masiva de clientes que los frecuentan, a pesar de que la información que nos llega de ellos, no puede ser más aterradora para quienes nos consideramos personas normales, dentro de una supuesta civilización que, en principio, respeta los derechos humanos.
La pregunta es si la importancia del instinto sexual y su pronta satisfacción, puede llegar a ser más importante para los asiduos que la violenta deshumanización con que son tratadas las jóvenes con las que se van a la cama.
¿Qué clase de persona ignora los episodios de angustia de otra y sólo se preocupa de su satisfacción personal, abandonando luego el local de los horrores, creyendo haber pagado un servicio con unas pocas monedas? ¿Qué clase de conciencia aterradora permite a estos clientes volver a casa y contemplar sin inquietud el rostro de sus hijas, que tuvieron la suerte de no necesitar emigrar para vivir, y no recordar los ojos asustados de la muchacha que dejaron atrás horas antes, sin establecer un elemento de comparación entre ambas? ¿Cómo pueden siquiera dormir un solo día o pasar una sola noche, sin compadecerse de ellas?
Si hay justicia, la complicidad de estos clientes impasibles, que van a los Clubes de carretera y no denuncian lo que en ellos se cuece, está más que probada y su frialdad al encarar este asunto, es seriamente merecedora de un castigo ejemplar, tanto o más grande aún que el del proxeneta que las trajo. Ambos consideran seguramente a las mujeres, exclusivamente carne, sin cerebro ni sentimientos, deshechos de los que aprovecharse en propio beneficio, lucrativo o instintivo, para después devolverlas a un mundo en el que ya no tendrán jamás un sitio, si tienen la suerte de no terminar en una cuneta con el cuello rebanado.
No basta con las campañas orientativas, ni con la información o la ayuda que oferta el instituto de la mujer, ni con multas simbólicas que no resultan nada disuasorias, como prueba la proliferación de este tipo de negocios. Las penas deben ser ejemplares y adecuadas para quienes, sin conciencia, ignoran que el ser humano, de cualquier sexo, es algo más que unos genitales, que merece respeto y consideración, sobre todo cuando busca una vía para escapar de la pobreza.
La cuestión es bien fácil: sin clientes, se acabó el negocio.

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