domingo, 14 de noviembre de 2010

El orgullo nacional

Cuando el manto negro de la censura se cernía sobre todas las actividades artísticas, sin hacer una sola concesión a nada que saliera del redil impuesto por la larga dictadura franquista, Luís García Berlanga, en clave de humor irónico y mordaz, ya se las ingeniaba para torear a los esbirros administradores de silencio, sin que se percataran del mensaje oculto que encerraba cada una de sus películas.
De todos es sabido que la más exitosa de todas fue, sin duda, “Bienvenido Mister Marshall”, y es cierto, que contiene elementos por los que merece la fama que la acompaña, pero mi preferida es, indiscutiblemente, “Plácido”, que tuve la suerte de admirar, de reestreno, allá por los finales de los setenta, en una sala de cine de barrio en Madrid.
La crítica feroz hacia la nueva burguesía, surgida de entre los vencedores de la guerra civil, con su fanatismo religioso incluido, con sus obras de supuesta caridad, con sus señoronas organizadoras de roperos parroquiales y otras actividades que siempre demostraban con toda claridad quienes estaban por encima, en aquella sociedad creada desde la crueldad de un golpe de estado, queda absolutamente reflejada, sin tapujos, en esta obra maestra del cine español.
Aconsejo a quien no haya tenido la suerte de verla, que lo haga, y pronto se dará cuenta del magnífico argumento que tiene delante, no sólo por el reflejo de la época histórica en la que fue rodada, sino porque contiene componentes de una rabiosa actualidad, ahora que con la crisis, se ha elevado el nivel de pobreza.
Creo que de Berlanga ya estará dicho casi todo, se habrá ensalzado su valentía en los años oscuros, su frescura en los tiempos de la transición, su agilidad narrativa en cualquiera de las cintas de su prolífica carrera y que, junto con otro puñado de cineastas, fue durante un tiempo, lo único interesante de un cine español rayano en la chabacanería y la horterada de la risa fácil.
Pero su compromiso real durante toda la vida con las causas de los más necesitados, su militancia, a través del trabajo, en favor de los más débiles, su arte para ridiculizar a los poderosos mostrando toda la galería de sus defectos y aberraciones morales, lo convierten en un orgullo nacional difícil de borrar para los amantes del séptimo arte.
Yo propondría una revisión periódica de su filmografía. A quien no la conozca, ya le adelanto que lo pasará estupendamente, pues todo lo encauzaba este hombre a través del humor, pero además, si se hace un análisis más profundo de lo que se está viendo, pronto se empieza a comprender que nunca se quedaba en la superficie de lo que reflejaba y que su obra tiene también el regusto amargo de que las situaciones esperpénticas que planteaba, por desgracia, no eran otra cosa que la más estricta realidad.
Se va el maestro, con elegancia, sin dar ruido, como los caballeros, habiendo cumplido con su deber, como los buenos y dejando un legado profesional y humano digno de admiración, en ambas vertientes.
De haber podido, seguramente habría narrado su propia despedida, con ciertos tintes de exageración y humor negro, pero eso sí, sin esperar otra cosa del respetable, más que una carcajada de complicidad, porque bajo su ironía, habría alguna lección magistral de quién sabe qué cosa.

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