Este ajetreo que me traigo entre manos, de andar de casa en casa sin parar en ninguna, me cambia los horarios y las costumbres degenerando en una especie de limbo emocional, que me hace no poder alcanzar el sosiego necesario para sentarme a leer y decidir qué noticia me parece la más interesante para comentarla con vosotros.
Me vais a perdonar, pero a la falta de mi compañero, se suma la proximidad de la boda de mi hija y todos los preparativos que conlleva dicha situación, así que esta semana, puede que mis comentarios os resulten relativamente frívolos, en relación con los que acostumbro a publicar, no obstante, en la vida también es necesaria la frivolidad e incluso me atrevería a decir, que entretenida y recurrente.
A mi en particular, me produce una sensación de asombro permanente, pues de natural soy bastante sencilla, y aunque sé que los temas de actualidad seguramente están teniendo repercusiones que me pierdo, por mi falta de tiempo, pasar el rato ocupada en otros menesteres, se podría decir insustanciales, trae consigo una clase de felicidad basada en la ignorancia, que produce un bienestar lejos de irritaciones y sofocos.
Me imponen la necesidad de estar usando de forma casi permanente, un artilugio que normalmente utilizo por estricta necesidad: el teléfono móvil, lo cual me ha servido para adquirir cierta soltura en su manejo, aunque siempre me cuesta un gran trabajo encontrarlo en el cajón de sastre que tengo por bolso.
No sé os lo he dicho alguna vez, pero yo soy para mi familia, una suerte de consultor sabelotodo, que aporta remedio para cualquier mal y soluciona, sin dilación, los problemas varios que se plantean a todos sus miembros a lo largo del día y ahora, con el padre lejos, alojada provisionalmente en territorio extraño y en espera del gran acontecimiento que se nos avecina, estoy a punto de plantearme cobrar minuta por mis servicios, pero enseguida recupero la cordura y se me escapa una sonrisa.
En vista de estos hechos, mi habitual locura está definitivamente en una fase de aumento que no sé muy bien adonde puede terminar y camino por las calles con tantas cosas en la cabeza, que me temo que voy a tener que aumentar la dosis de tranquilizante que tomo, desde que mi salud se resintió con el susto morrocotudo de la descoordinación en el habla, que al final no ha resultado tan grave como parecía.
En definitiva, la rentabilidad que trae consigo la frivolidad es la de gozar de una desinformación absoluta, caer en la dulce tentación de hacer realidad algún que otro capricho burgués, ya que los pobres también tenemos derecho a comprobar en carne propia cómo viven los ricos, y moverse por ambientes poco frecuentados habitualmente, con la fingida naturalidad de ser asiduo en ellos.
Ya os iré contando la evolución que toman estos eventos. A lo mejor me acostumbro a este modus vivendi incoherente y divertido y me acabo convirtiendo a la doctrina del tea party para contar, desde los escenarios, todas las ridiculeces que pasen por mi trastornada mente de superwoman histérica.
Me vais a perdonar, pero a la falta de mi compañero, se suma la proximidad de la boda de mi hija y todos los preparativos que conlleva dicha situación, así que esta semana, puede que mis comentarios os resulten relativamente frívolos, en relación con los que acostumbro a publicar, no obstante, en la vida también es necesaria la frivolidad e incluso me atrevería a decir, que entretenida y recurrente.
A mi en particular, me produce una sensación de asombro permanente, pues de natural soy bastante sencilla, y aunque sé que los temas de actualidad seguramente están teniendo repercusiones que me pierdo, por mi falta de tiempo, pasar el rato ocupada en otros menesteres, se podría decir insustanciales, trae consigo una clase de felicidad basada en la ignorancia, que produce un bienestar lejos de irritaciones y sofocos.
Me imponen la necesidad de estar usando de forma casi permanente, un artilugio que normalmente utilizo por estricta necesidad: el teléfono móvil, lo cual me ha servido para adquirir cierta soltura en su manejo, aunque siempre me cuesta un gran trabajo encontrarlo en el cajón de sastre que tengo por bolso.
No sé os lo he dicho alguna vez, pero yo soy para mi familia, una suerte de consultor sabelotodo, que aporta remedio para cualquier mal y soluciona, sin dilación, los problemas varios que se plantean a todos sus miembros a lo largo del día y ahora, con el padre lejos, alojada provisionalmente en territorio extraño y en espera del gran acontecimiento que se nos avecina, estoy a punto de plantearme cobrar minuta por mis servicios, pero enseguida recupero la cordura y se me escapa una sonrisa.
En vista de estos hechos, mi habitual locura está definitivamente en una fase de aumento que no sé muy bien adonde puede terminar y camino por las calles con tantas cosas en la cabeza, que me temo que voy a tener que aumentar la dosis de tranquilizante que tomo, desde que mi salud se resintió con el susto morrocotudo de la descoordinación en el habla, que al final no ha resultado tan grave como parecía.
En definitiva, la rentabilidad que trae consigo la frivolidad es la de gozar de una desinformación absoluta, caer en la dulce tentación de hacer realidad algún que otro capricho burgués, ya que los pobres también tenemos derecho a comprobar en carne propia cómo viven los ricos, y moverse por ambientes poco frecuentados habitualmente, con la fingida naturalidad de ser asiduo en ellos.
Ya os iré contando la evolución que toman estos eventos. A lo mejor me acostumbro a este modus vivendi incoherente y divertido y me acabo convirtiendo a la doctrina del tea party para contar, desde los escenarios, todas las ridiculeces que pasen por mi trastornada mente de superwoman histérica.

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