El resultado de las elecciones catalanas, consiguió eclipsar, totalmente, el notición familiar del año, sin darme oportunidad de hacer una pequeña referencia, siempre en clave de humor, a lo acontecido el pasado Sábado y que representó, al fin, para mi hija, uno de los días más felices de su vida.
No empezamos muy bien, porque a pesar de haber seguido la tradición de llevar los huevos a las puñeteras clarisas, amaneció lloviendo a mares, con un viento semi huracanado que levantaba a un santo del suelo y sin perspectivas de cambio, a corto ni largo plazo, lo que nos hizo adoptar una postura de resignación, con lo que más tarde se confirmaría, como una boda pasada por agua. Nos asaltó la tentación de pasar de nuevo por el convento y exigir la devolución inmediata de los huevos, porque, aunque las aparentemente dóciles monjitas, hicieron promesa de rezar porque luciera un sol radiante, o claramente no hicieron los deberes, o sus súplicas fueron desoídas de la manera más burda.
Sin embargo, una vez asumida la idea de la posible mojadura, probablemente acompañada de congelación, ya que la sensación térmica rozaba la tiritona, comenzaron los innumerables preparativos y nos dio una risa floja, que ya nos acompañó hasta la misma hora del enlace, en que fue sustituida por los nervios de rigor, que en parte, paliaron la presencia y el apoyo de los buenos amigos.
Y a raíz de ahí, todo salió a pedir de boca. A ratos más satisfactorio para unos, y a ratos, para otros, según creencias y gustos, como suele suceder en estos y casi todos los casos.
La novia, estaba radiante, hermosa y como rodeada de un aura de felicidad, que, particularmente, me causaba una sensación maravillosa, como si en un instante, viera que mi objetivo en la vida, se desarrollaba en vivo y en directo delante de mis ojos.
Las reacciones, no se hicieron esperar. Hubo quien no pudo contener las lágrimas y quienes, como yo, aguantamos estoicamente el tirón, a pesar de que el corazón latía con fuerza y la emotividad salpicaba la piel con un toque repentino, cercano al escalofrío.
Pero, poder reunir a la familia alrededor de la misma mesa, reencontrarse con amigos que habían venido desde lejos para acompañarnos en el trance, ver vibrar a los más queridos, sin perder la ilusión porque no fallara ni faltara nada, la alegría desbordante de los jóvenes, que no desfallecieron un instante en su interés por la diversión, compensaron los sinsabores y cansancio de los últimos tiempos y acabaron por crear una magnífica atmósfera que se prolongó hasta la amanecida.
Y aunque en la mayoría de los casos, resultaba difícil reconocer quien se escondía detrás de las galas que se lucieron en el evento, hay que ser consecuente y admitir, que un poco de potingue, puesto por manos expertas aquí y allá, acaba obrando maravillas, incluso en las que, como yo, ya tenemos unos añitos.
En fin, mientras escribo estas líneas, los ya recién casados, viajan a Egipto y los demás, tratamos de recomponernos del vapuleo sufrido de unos meses acá, intentando con fuerza desconectar de la parafernalia que rodea a este tipo de acontecimientos para volver a la normalidad cotidiana que tanto hemos echado de menos.
Y ahora que lo pienso, no sé bien si voy a ser capaz de vivir sin la modista, el fotógrafo, la esteticién, la peluquera, la ponedora de uñas de porcelana, la organizadora de banquetes nupciales, el agente de viajes, el oficiante de la ceremonia, la orquesta, y el teléfono sonando las veinticuatro horas del día.
También a mi hija, creo, le costará un imperio sacar de su vida a toda esta caterva de seres absorbentes, así que, antes de caer en un aburrimiento total, tal vez se decida a darme la satisfacción de hacerme abuela, cosa, esa sí, que me encantaría probar, porque debe ser algo delicioso.
No empezamos muy bien, porque a pesar de haber seguido la tradición de llevar los huevos a las puñeteras clarisas, amaneció lloviendo a mares, con un viento semi huracanado que levantaba a un santo del suelo y sin perspectivas de cambio, a corto ni largo plazo, lo que nos hizo adoptar una postura de resignación, con lo que más tarde se confirmaría, como una boda pasada por agua. Nos asaltó la tentación de pasar de nuevo por el convento y exigir la devolución inmediata de los huevos, porque, aunque las aparentemente dóciles monjitas, hicieron promesa de rezar porque luciera un sol radiante, o claramente no hicieron los deberes, o sus súplicas fueron desoídas de la manera más burda.
Sin embargo, una vez asumida la idea de la posible mojadura, probablemente acompañada de congelación, ya que la sensación térmica rozaba la tiritona, comenzaron los innumerables preparativos y nos dio una risa floja, que ya nos acompañó hasta la misma hora del enlace, en que fue sustituida por los nervios de rigor, que en parte, paliaron la presencia y el apoyo de los buenos amigos.
Y a raíz de ahí, todo salió a pedir de boca. A ratos más satisfactorio para unos, y a ratos, para otros, según creencias y gustos, como suele suceder en estos y casi todos los casos.
La novia, estaba radiante, hermosa y como rodeada de un aura de felicidad, que, particularmente, me causaba una sensación maravillosa, como si en un instante, viera que mi objetivo en la vida, se desarrollaba en vivo y en directo delante de mis ojos.
Las reacciones, no se hicieron esperar. Hubo quien no pudo contener las lágrimas y quienes, como yo, aguantamos estoicamente el tirón, a pesar de que el corazón latía con fuerza y la emotividad salpicaba la piel con un toque repentino, cercano al escalofrío.
Pero, poder reunir a la familia alrededor de la misma mesa, reencontrarse con amigos que habían venido desde lejos para acompañarnos en el trance, ver vibrar a los más queridos, sin perder la ilusión porque no fallara ni faltara nada, la alegría desbordante de los jóvenes, que no desfallecieron un instante en su interés por la diversión, compensaron los sinsabores y cansancio de los últimos tiempos y acabaron por crear una magnífica atmósfera que se prolongó hasta la amanecida.
Y aunque en la mayoría de los casos, resultaba difícil reconocer quien se escondía detrás de las galas que se lucieron en el evento, hay que ser consecuente y admitir, que un poco de potingue, puesto por manos expertas aquí y allá, acaba obrando maravillas, incluso en las que, como yo, ya tenemos unos añitos.
En fin, mientras escribo estas líneas, los ya recién casados, viajan a Egipto y los demás, tratamos de recomponernos del vapuleo sufrido de unos meses acá, intentando con fuerza desconectar de la parafernalia que rodea a este tipo de acontecimientos para volver a la normalidad cotidiana que tanto hemos echado de menos.
Y ahora que lo pienso, no sé bien si voy a ser capaz de vivir sin la modista, el fotógrafo, la esteticién, la peluquera, la ponedora de uñas de porcelana, la organizadora de banquetes nupciales, el agente de viajes, el oficiante de la ceremonia, la orquesta, y el teléfono sonando las veinticuatro horas del día.
También a mi hija, creo, le costará un imperio sacar de su vida a toda esta caterva de seres absorbentes, así que, antes de caer en un aburrimiento total, tal vez se decida a darme la satisfacción de hacerme abuela, cosa, esa sí, que me encantaría probar, porque debe ser algo delicioso.

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