lunes, 15 de noviembre de 2010

Oídos sordos





Si algún día llega a saberse la verdad de lo que está pasando en el Aaiún, no será precisamente por la objetividad de la prensa de Marruecos. Amordazados por los fortísimos lazos de la dictadura que gobierna el país, la versión de los hechos que ofrecen al mundo, sin rubor, no es otra, que la que dicta en sus oídos el eco poderoso de quien los tiraniza.
Entretanto, la comunidad internacional, incluida España, cierra los ojos al conflicto y vuelve la espalda a las atrocidades, por todos archiconocidas, que se cometen con el sufrido pueblo saharaui, que no hace otra cosa que conservar la valentía de reclamar su propia identidad, en una negativa rotunda a entrara a formar parte de un gobierno que no es precisamente un ejemplo de libertad y democracia.
Algo contará el grupo de valientes activistas que ha logrado adentrarse en un territorio inmensamente vigilado, para echar una mano a los olvidados que padecen la feroz represión que estos días, parece practicarse con mayor saña contra los que se atreven a levantar la voz.
El estreno como ministra de Asuntos Exteriores de Trinidad Jiménez, no ha podido ser más nefasto. Su inhibición forzada ante unos acontecimientos que nos tocan particularmente de cerca, y su falta de contundencia en reclamar una rápida resolución del problema, es una gota más que añadir a la vertiginosa caída que protagoniza, en todos los ámbitos, el gobierno del señor Zapatero.
Pero ahora, andan enredados en el comienzo de la campaña electoral catalana, en un intento desesperado por suavizar la catástrofe que se avecina para su partido, en unas urnas que, probablemente, no harán otra cosa que repartir un poco de necesaria justicia.
Sin embargo, la urgencia de tomar decisiones que den un sitio que habitar como suyo, a los olvidados Saharauis, no puede ni debe posponerse en función de los intereses partidistas, que nunca han de estar por encima de las necesidades humanas, cueste o no cueste, la salida del poder.
La sordera incurable que este gobierno padece, que se niega a prestar atención a la voz de la calle, que enmascara lo verdaderamente importante con el cuento de un talante diplomático, claramente perjudicial e inútil, habría de ser tratada con una rotundidad inapelable en cualquiera de los comicios convocados, en la esperanza, de que la caída estrepitosa que se les venga encima, sirva como una cura imprescindible de humildad a quienes se creen intocables allá en su urna de cristal, blindada al clamor popular de los que los aupamos al poder esperando de ellos algo muy diferente.

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