lunes, 7 de junio de 2010

Un tercero en discordia




Desde que comenzó la transición en España, se fue haciendo evidente un bipartidismo muy definido en el panorama electoral. Con la excepción de la UCD, una coalición de urgencia que se declaraba centrista, pero que albergaba en sus filas sospechosos reductos de gente que había pertenecido al régimen anterior, sólo dos partidos claramente identificados con la derecha y la izquierda, han ganado las elecciones democráticas.
Esta sería una semblanza escueta de lo ocurrido en nuestro país, pero la realidad es que ninguna formación política ha conseguido por sí misma el triunfo sino que siempre se ha dado una coyuntura muy específica que ha concluido en un desastre para el gobierno de turno , que se ha ganado afanosamente la pérdida del poder.
El presidente Suarez soportó mientras pudo un constante ruido de sables que amenazaban con una vuelta al totalitarismo anterior y que culminó con el golpe de Estado del 23F, ya precedido por una dimisión forzosa alentada por una oposición feroz y unas luchas de facciones internas que no le perdonaban acontecimientos como la legalización del Partido Comunista.

Tras el brevísimo paréntesis de la presidencia de Calvo Sotelo, una muy debilitada UCD se precipitó a una desmembración absoluta y el PSOE de Felipe Gonzalez aprovechó la coyuntura alzándose con el triunfo electoral.
La memoria nos ayudará a recordar las tramas de corrupción, el caso Gal o Filesa, como detonantes del vertiginoso fracaso de los socialistas y la clamorosa llegada del señor Aznar a la Moncloa. Sus devaneos con el presidente Bush, la disparatada entrada en la guerra de Irak y las mentiras descaradas sobre la autoría de los atentados terribles de Madrid, cavaron la tumba política del partido popular y la aparición en escena de un hasta entonces desconocido presidente Rodríguez Zapatero.
Las historia, claramente vuelve a repetirse y los errores económicos cometidos en la crisis actual, la merma en los derechos de los trabajadores y un paro exagerado, pululan sobre la cabeza del presidente como una espada de Damocles a punto de acabar con su mandato. En las encuestas, nueve puntos le separan del PP en un augurio de lo que pasará en cuanto se celebren elecciones, anticipadas o no.
De nuevo pierde quien gobierna y no gana por méritos quien llega, en una repetición maldita de una historia que probablemente habría de cambiar de orientación si se quiere modificar el destino.
Olvida el pueblo que el arco político incluye otras muchas opciones en quien depositar la confianza y que raramente podrán demostrar su valía si alguna vez no se les otorga el beneficio de los votos.
Últimamente es tan mínima la diferencia ideológica que separa a los dos partidos mayoritarios que ambos podrían encajarse sin error en el ámbito de un liberalismo socialdemócrata sin que ninguno de sus miembros se resintiera en la imagen proyectada.
La situación aconseja pues, una definición más explícita del votante a la hora de elegir a sus representantes y una mayor amplitud de miras al estudiar los programas de los candidatos. Parece que la derecha tiene claro quien defiende sus intereses, pero la izquierda, acomodada en el estado del bienestar se ha venido a menos y durante décadas se ha conformado sin rechistar con una versión descafeinada de lo que reclama en sí su ideología.
Ahora es tan evidente que el señor Zapatero ha terminado su andadura en el poder, que convendría buscar una alternativa más inflexible con los poderosos que encabece una disposición directa siempre a favor de las clases trabajadoras que la secunden.
Tal vez sería conveniente que el esperado triunfo del señor Rajoy no llegue a ser tan clamoroso como el espera, ya que hasta ahora y que se sepa, nunca la derecha ha colaborado en las necesidades de los débiles ni se ha caracterizado precisamente, por la inversión en proyectos de corte social colectivo, sino todo lo contrario.
Sería un error castigar a quien nos gobierna otorgando nuestros votos a una corriente diametralmente opuesta a nuestra ideología como colofón de un enfado monumental contra quien ha abierto la puerta de unos recortes inaceptables.
Pero tal vez resultaría beneficioso terminar de un plumazo con esta dualidad vanidosa introduciendo elementos en discordia que apearan de su endiosamiento a unos y otros propinándoles una sonora bofetada electoral y aupando a nuevos jugadores a las soporíferas sesiones de un Congreso caduco.








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