Dentro de la compleja política del País vasco, nos coge por sorpresa una curiosa alianza firmada por la izquierda abertzale y Eusko Alkartasuna, en la que declaran su intención de crear un Estado Vasco independiente.
Los sistemas de alianzas, que no descubren nada nuevo, suelen darse siempre en vísperas de la celebración de elecciones –de la índole que sean- e incluso después de las mismas en forma de pactos de gobierno.
Lo extraño de este caso en particular, es que se produce entre un partido declarado ilegal y otro que proviene de una escisión del Partido Nacionalista Vasco y cuya ideología, al menos a priori, nada tendría que ver con lo que la rama política de Eta proclama en su larga trayectoria panfletaria.
Es más, el fundador de Eusko Alkartasuna no es otro que Karlos Garaitkoetxea, que fue lehendakari por el PNV y que después creó estas nuevas siglas, que han concurrido democráticamente a cuantos comicios se han celebrado sin que nunca hayan sido sospechosos, al menos aparentemente, de cercanía con la banda armada o sus ilegalizados representantes.
Cabe pues, una pregunta simple que nos asalta al enterarnos de esta noticia y a la que me gustaría tener respuesta, sobre todo por conocer claramente la intencionalidad de cada cual en esta maraña caótica de personalidades confusas que se vienen dando en Euskadi: ¿era ya simpatizante de estas tendencias el señor Garaitkoetxea mientras ostentaba el puesto de mayor responsabilidad en Guernika?
De ser así, a nadie podría extrañar que quizá existiera cierta connivencia entre su partido y la banda armada hasta el punto de que su fracasada política antiterrorista no fuera más que una cuidadosa maniobra de distracción contra el Estado Español, quizá en defensa de un independentismo logrado a cualquier precio y que todo el discurso pacifista salido de su boca en los años que duró su mandato, se tratara en el fondo de la gran mentira de la historia reciente.
Tampoco sabemos si su antiguo partido apoyaba su bien oculta ideología y se sumaba a la pantomima entorpeciendo las actuaciones dictadas desde Madrid en un intento desesperado de conseguir el ansiado fin de una Euskalerría libre, pero resulta altamente preocupante que precisamente después de la pérdida del poder, se descubran determinadas cartas que abogan otra vez por una solución política del conflicto, aunque sin condenar la violencia o aludir al abandono de las armas.
Si es verdad, que los alborotos callejeros han cesado desde que Patxi López está en el poder, que las detenciones se han multiplicado por mucho y que se han eliminado ciertas actitudes de fuerza sobre hombres y mujeres que ahora gozan de una mayor tranquilidad.
Nunca sabremos si realmente había un as oculto en la manga, pero a veces, la necesidad de protagonismo hace dar pasos adelante a quienes permanecían enrocados en posturas de oscura definición sin tener la valentía de proclamar su pensamiento a favor o en contra de la corriente.
Estos gudaris de pacotilla, que andan enredados en maquiavélicas operaciones políticas, que nadan a dos aguas sin declarar su procedencia, que aprovechan la oportunidad para alzarse con el poder escondiendo lo que realmente son, no merecen siquiera la consideración de ser respetados.
Sería de necios abrir los brazos a su manida retahíla de exigencias trasnochadas brindándoles la oportunidad de volver a engañarnos y de sabios sería hacer ahora todas las preguntas oportunas para esclarecer de una vez a qué objetivos aspiran y hasta dónde serían capaces de llegar por conseguirlos.

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