jueves, 17 de junio de 2010

Pepeprogresismo





Es obligación de toda persona razonable hacer uso de su inteligencia para discernir con toda claridad, la realidad de la mera fantasía y ordenar los mensajes que otros le brindan adivinando la intención con que son emitidos o las intenciones que se esconden en la trastienda del trasmisor.
Repentinamente, una corriente fresca de progresismo se filtra entre las filas del Partido Popular dejando adheridos a la vestimenta, hasta ahora tradicional, de sus militantes una serie de símbolos característicos de las izquierdas y un lenguaje coloquial de manual para aprendices de socialismo barato.
Nos sorprenden sus líderes afirmando que el suyo es el partido de los trabajadores y capitanean con altanería la batalla de las mejoras sociales intentando convencernos de su bien intencionada voluntad de restaurar un país despojado de todos sus bienes por las hordas de facinerosos que nos gobiernan, augurando una salida airosa de la crisis, si les brindamos nuestra confianza en las urnas.
No se preocupan siquiera de hacer el esfuerzo de cambiar los rostros de quienes los representan en los mítines multitudinarios que organizan y sabedores del mal momento que atravesamos, inciden una y otra vez en un lavado de cara propio para la ocasión mientras llega el día en que consigan destronar a Zapatero para instalarse en la Moncloa.
Deben haber olvidado sus errores pasados que les costaron el estrepitoso fracaso del 11 de Marzo del 2004, pero además parece que cuentan con una improbable falta de memoria de los que padecimos el periodo en que el señor Aznar se jactaba de poner las botas sobre la mesa de Bush mientras hablaba una especie de inglés de parvulario brillando como una estrella de Holliwood en la foto de las Azores.
Dejan atrás la memoria escalofriante de los atentados de Madrid en los que dada su posición social, seguramente no perdieron a nadie, enterrando a perpetuidad como acostumbran, el recuerdo de las víctimas a pesar de pavonearse de ser de los nuestros luciendo pañuelitos palestinos sobre las joyas de Cartier.
Evitan mencionar el desastre ecológico del Prestige, cuyos vertidos calificó el ahora aspirante a la presidencia, como “hilillos de plastilina”, la ocupación ilegal de Irak, la calamitosa estafa de la entrada en el euro que nos encareció la vida en un 66% de un día para otro y las mentiras del señor Aceves sobre la autoría de los atentados en un intento desesperado por no perder las elecciones.
Tampoco recuerdan cómo han encabezado junto a los más ilustres eclesiásticos, las manifestaciones en contra de la ley del aborto o la de matrimonios homosexuales saliendo a las calles por primera vez sin que lo hayan hecho jamás un primero de Mayo o en alguna de las múltiples ocasiones en que los trabajadores reclamaban justas reivindicaciones para mejorar sus condiciones laborales.
Y además, su ideario neoliberal nunca ha estado de otra parte que la de los poderosos, ni lo está ahora, ni lo estará en ningún momento de un futuro para el que por cierto, no se les conoce plan alternativo ni existen visos de que lo tengan.
Es de ley desconfiar de quienes ya intentaron manipular las realidades que no les convenían y sospechar que el asombroso acercamiento a las clases humildes de un partido históricamente constituido por las derechas más recalcitrantes, no es más que una maniobra para obtener el voto en las urnas de quienes decepcionados con el PSOE, buscan un modo de castigo a su mala gestión económica.
Pero la O de obrero que rodó al suelo desde las siglas del partido en el poder, no aterrizará nunca entre las del PP, aunque sería jocoso el nombre musical en que acabaría tan curiosa alianza. No hay más que observar la larga lista de corruptelas cometidas por sus representantes en los Ayuntamientos de toda la geografía anotando con precisión que los capitales sustraídos de las arcas municipales, no fueron empleados precisamente en fines sociales, sino en la construcción de viviendas de superlujo a nombre de estos individuos o en facturas de sastrería para embellecer la imagen de quienes ahora aparentan una normalidad ciudadana de la que siempre carecieron.
Quede pues claro, que pese al respeto que sentimos por la libertad personal en el ejercicio de las votaciones democráticas, no podemos dar credibilidad alguna a este giro pretendidamente solidario con que nos engatusa el señor Rajoy desde su púlpito de predicamento.
Los caramelos envenenados suelen tener un efecto letal bastante desagradable y aunque son dulces de tragar, su regusto es amargo y fatalmente nocivo para quien los ingiere.





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