Al fin la legislación española falla contra el maltrato animal personificado en una caterva de energúmenos que cometieron la muy ¨loable¨ acción de matar a una vaquilla a golpes en las fiestas de su pueblo.
Esta tarea que no tiene calificativo, no es más que la punta de un iceberg sumergido en el mar de la grandísima estupidez que caracteriza la inusitada manera de divertirse a lo largo y ancho de este país de charanga y pandereta.
En contra de la opinión de los eruditos en tauromaquia, los toros, como los demás animales, son seres vivos susceptibles de dolerse de cuantas aberraciones se practiquen con ellos y la definición de deporte se aleja mucho de inferir martirio por placer o crear un espectáculo sanguinolento con la aquiescencia del público asistente.
Es difícil entender que en el siglo de mayores avances tecnológicos y científicos, se mantenga una mal llamada fiesta nacional que ni es fiesta, ni representa a quienes habitamos este territorio mientras seguramente, somos calificados como bárbaros allende muestras fronteras.
Estos señores que acuden puro en ristre a presenciar la tortura y el asesinato del toro, que llaman arte a este juego macabro que se practica con total impunidad y que reporta grandes beneficios a los empresarios de las plazas, carecen de la conciencia suficiente para razonar e incluso se permiten el dislate de argumentar que estos animales no nacerían si su fin no fuera el sacrificio.
Pues bien, mejor no nacer que hacerlo con el sino marcado por tan horrible tragedia, librarse de caer en manos de las hordas salvajes que se asientan en nuestra geografía y cuya racionalidad es sin duda, infinitamente menor que la de los astados a quienes martirizan.
Si esta sentencia consigue sentar un precedente que pueda suavizar la aberrante conducta de los sádicos que se mueven por la arena de los cosos taurinos, el juez que la dictó merece un homenaje y su decisión habría de hacerse extensible a cualquier atrocidad cometida en nombre de un divertimento que escandaliza a las personas decentes y que no representa el raciocinio que nos distingue de las bestias.
Pero tristemente volvemos a tropezar con las razones económicas que al final son el motor de nuestro mundo y la fuerza del capital de ganaderos, toreros, empresarios y los que se desenvuelven en el cerrado mundo de la lidia, no puede permitirse un paso atrás en la defensa de sus intereses envalentonados por la rutina de ver en este circo fatídico una normalidad innata a nuestra idiosincrasia.
Así nos va, si todavía no sabemos distinguir las elementales reglas del bien o el mal y nos aferramos a tradiciones intolerables que demuestran claramente que no hemos sido capaces de evolucionar desde que en la Prehistoria atacábamos a los mamuts armados de una rudimentaria lanza, Aunque aquello era una cuestión de supervivencia y no el afán de protagonizar una jocosa heroicidad delante de los demás borrachos que nos acompañan.

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