Hace setenta y cuatro años, en los primeros días de la guerra civil española, dos hermanos de mi abuela fueron fusilados en una cuneta de Chipiona ( Cádiz) por las fuerzas golpistas del general Franco.
Segundo y José Alonso Leira tenían 21 y 31 años respectivamente y eran albañiles de profesión. El primero se encontraba afiliado al sindicato anarquista CNT y al mayor, no le eran conocidas tendencias políticas. Al rendirse sin lucha su pueblo a las tropas franquistas, Segundo se escondió, como otros muchos, intuyendo que sería detenido. A los pocos días, un grupo armado se presentó en casa de su padre con la intención de apresarlo y al no encontrarlo en ella, se llevaron como rehén a su hermano José asegurando a mi bisabuelo que si el pequeño se entregaba, sería inmediatamente liberado.
El padre pensó que al no tener ideología política, su hijo mayor no tenía nada que temer y buscó al otro convenciéndole finalmente para realizar el canje.
Segundo Alonso obedeció a su padre y se presentó voluntariamente recordando a sus captores la palabra dada, pero pasó el tiempo y ninguno de los dos regresó a casa.
En el pueblo corrió la voz de que habían sido pasados por las armas junto con otros 31 vecinos de la localidad. Su padre nunca se perdonaría haber contribuído a semejante ignominia.
En casa de mi abuela, el fusilamiento de sus hermanos se convirtió en un tema tabú del que estaba prohibido hablar. Los vencedores de la guerra civil se emplearon a fondo en convencer con métodos represivos a los ciudadanos de a pie de que ser familia de “rojos” era una mancha imperdonable en el expediente y que a los muertos que habían cometido la terrible equivocación de simpatizar con el bando perdedor había que borrarlos de la faz de la tierra.
Desde que entró en vigor la Ley de Memoria Histórica, periódicamente he indagado tratando de acercarme a la verdad de estos dos jóvenes a los que se privó sin motivo del derecho a la vida y ayer tropecé casualmente con un artículo bastante bien elaborado en el que por fin, aparecen sus nombres y la causa de su desaparición.
Huelga decir que a pesar de no haberles conocido, me embargó una emoción inexplicable por poder al menos, encontrar un pequeño hilo conductor que me acerque a la verdad de esta mi historia, común a tantas familias obligadas a renunciar a la memoria de sus muertos y condenadas a un silencio del que aún hoy se empeñan algunos en no salir.
El artículo mencionado es muy explícito y desvela después de siete décadas, que mis tíos abuelos murieron acribillados en una carretera que entonces unía Chipiona con Sanlucar de Barrameda la madrugada del ocho de Agosto de 1936. Se da como causa de la muerte una hemorragia sin aludir al efecto que la provocó que como ahora sabemos, no fue otro que una ráfaga de ametralladora asesina.
Es difícil encontrar las palabras que puedan describir la indignación y la repulsa que nos invade incluso en la época actual, al comprobar la impunidad con que se cometieron estos crímenes y sobre todo, es imposible para nosotros llegar al olvido sin la oportunidad de haber encontrado la verdad, por muy desastrosa que esta sea.
Las barbaridades genocidas efectivamente, no deben prescribir en el transcurso de los años y desde luego la dolorosa realidad de nuestra historia no puede ser enterrada y borrada de un plumazo alegando un móvil de reconciliación.
Hoy me siento muy al lado de Segundo y José que probablemente, nunca entendieron el motivo de su muerte, pero que engrosaron con su sangre una lista estremecedora de víctimas para las que se reclama ahora la justicia de su derecho al libre pensamiento y un lugar donde poder llevarles unas flores.
En mi caso, la resolución del enigma llega tarde para su padre, mi abuela, mi madre y mis tíos, que murieron de causas naturales en una ignorancia impuesta de la que les fue imposible salir.
En su memoria y en la de estos dos muchachos masacrados impunemente, mi pluma es hoy un vehículo para llorar en silencio y seguir adelante en el restablecimiento de unos hechos que merecemos conocer.
El único deseo que me mueve es el de que descansen en esa paz que les fue arrebatada tan tempranamente.

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