domingo, 20 de junio de 2010

El constructor de pensamiento




Sé a ciencia cierta que la memoria de José Saramago me acompañará toda la vida. También sé que construirá la de los que vengan y de sus descendientes, colándose en sus casas a través de sus libros exactamente igual que se adentró en la mía haciéndose imprescindible en ella. hace ya varios años.
Fue mi encuentro con su primera obra un conglomerado de sentimientos antagónicos tutelados por la maravilla del asombro de estar ante una lectura absolutamente personal y distinta de cuantas hasta entonces había tenido la suerte de encontrar.
Lo mío fue amor a primera vista, un flechazo que se perpetuó en el tiempo convirtiéndose en emoción permanente y en espera casi desazonada hasta la publicación de un nuevo trabajo que jamás me decepcionaba ni en temática, ni en contenido.
Saramago ha sido un gran pensador de su tiempo, comprometido como yo, con las causas perdidas asumiéndolas como un reto desde su posición de privilegio sólo ganada con el arma insobornable de su pluma. La claridad de su ideario y la facilidad casi humilde con que lo ha sabido transmitir desde el papel engrandeciéndolo hasta hacerlo doctrina, hace del día de hoy un momento claustrofóbico y gris para quienes nos confesamos admiradores leales de sus títulos.
Nunca nos hemos conocido, pero he de confesar sin sonrojo, que en el transcurso de una época he llegado a tener una relación especial con lo que como hombre representaba y ciertos lazos de complicidad se han ido creando estableciéndose en mi cotidianidad como si realmente formara parte de mi entorno.
Aunque yo creo que en cierto modo, los escritores acaban por hacerse un sitio dentro de nosotros construyendo nuestro carácter y contribuyendo enormemente a cimentar nuestro propio pensamiento. Van dejando la huella de sus palabras impresas en la cabeza de sus lectores influyendo quizá en su visión de la vida e incluso ayudándoles a encauzar la fantasía de los sueños ocultos.
Este gran hombre, que llegó desde la serena mansedumbre de la Portugal profunda, que confesaba sin pudor el analfabetismo de un abuelo que hablaba con sus árboles, la pobreza de su familia, el recuerdo del frío en los inviernos y que nunca renunció a sus orígenes a pesar de haber alcanzado lo más alto, siempre me pareció un ejemplo de la utilidad del esfuerzo en la consecución de un fin, por muy elevado que aquel pudiera parecer cuando iniciamos el camino.
Quedamos huérfanos de su pluma y su mirada, pero con una orfandad sobrellevada con la alegría de haber tropezado con sus libros alguna vez y la posibilidad de recordarlo para siempre releyendo sus historias y practicando la filosofía que desde sus letras predicaba con inagotable talento

In memoriam.

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