miércoles, 9 de junio de 2010

En la soledad





Como era de esperar, la respuesta de los funcionarios a la convocatoria de huelga promovida por los sindicatos ha sido mínima. Es tan evidente la desconfianza de los ciudadanos hacia los que se erigen como sus representantes y el desgaste ganado a pulso por las organizaciones sindicales, que su incidencia en la vida cotidiana se ha hecho prácticamente imperceptible.
Descaradamente, declaran que un setenta y cinco por ciento ha secundado el paro mientras aparecen en la televisión los servicios en pleno funcionamiento y grupos de no más de veinte personas a las puertas de los edificios llamando esquiroles a una mayoría que acude al trabajo con toda normalidad.
Esta desgraciada imagen que debería avergonzar hasta la saciedad a quienes con su desidia han permitido que las organizaciones de trabajadores hayan quedado relegadas a un esperpento de difícil superación, es a la vez trágicamente elocuente y habla por sí sola de la falta de empuje que podemos llegar a tener frente a quienes nos gobiernan y del conformismo con que una sociedad alienada soporta una merma en sus derechos fundamentales dando muestras de una desorganización aprovechada sin duda por los poderosos.
Si al menos este fracaso estrepitoso llevara a los líderes laborales a una dimisión en la que asumieran públicamente sus errores a la vez que plantearan una serie de propuestas coherentes para hacer frente a lo que se nos viene encima, quizá la lánguida llama del espíritu combativo se avivara y pudiera reorganizarse un movimiento de resistencia basado en la cruda realidad pero a la vez, dirigido a conseguir un descenso notable del desempleo.
Sería un paso a considerar la renuncia a las subvenciones gubernamentales que encadenan a los sindicatos a la mano de quien ahora se convierte en su enemigo para recuperar la libertad indispensable en una negociación de iguales, si es que se quieren alcanzar metas provechosas.
Estamos realmente cansados de ver a estos señores moverse de reunión en reunión aceptando propuestas del todo inadmisibles. Han perdido cualquier atisbo de dignidad que pudiera quedarles y se arrastran por los despachos obedeciendo la voz de quien mece la cuna de los capitales dejando a la clase obrera en un abandono escandaloso y en una inaceptable soledad incluso en cuanto a la información se refiere.
Han confundido estrepitosamente su papel auto convenciéndose de que más que negociadores son un escalafón intermedio entre nosotros y los de arriba, que no son otros que los que pagan su sueldo a final de cada mes.
Afortunadamente, pasó el tiempo en que los humildes no tenían derecho a la educación y el trabajador es ahora suficientemente consciente de la realidad que le rodea sin que sea posible hacerle caer en la trampa de una mentira disfrazada de aparente buena voluntad. Tampoco es ya sencillo manipular a las masas con discursos manidos ni cuela el intento a la desesperada de un maquillaje de urgencia que tape todas las marcas de la etapa anterior en que coquetearon descaradamente con gobiernos y empresas.
Lo verdaderamente triste de esta situación es que ya no sabemos en qué creer y que mientras se nos derrumban todas las estructuras del modo de vida que acostumbrábamos, es tan inmensa nuestra soledad, que causa terror mirarla a los ojos.
Sólo un espíritu de insatisfacción, la rebeldía, la lucha por la dignidad y la entereza podrían quizá actuar de parapeto contra el futuro negro que se avecina.
Yo quiero confiar en que no todo está perdido.




No hay comentarios:

Publicar un comentario