Siguiendo una secuencia lógica de los últimos acontecimientos acaecidos en nuestro país, no se auguran buenos vientos para la anunciada Reforma Laboral que el Presidente presentará mañana.
Esta sensación desalentadora que compartimos en este compás de espera que se nos hace interminable, mueve ya a nuestros desgastados sindicatos a mencionar la huelga general aún sin conocer el contenido de las leyes que nos serán impuestas seguramente, por decreto.
Esta despreciable costumbre que el gobierno parece haber adquirido a perpetuidad, hace palidecer todas nuestras perspectivas de futuro y nos enfrenta a un enigma de difícil resolución inminente haciendo aún mayor nuestra debilidad, dado que nuestra contestación está siendo sencillamente inexistente.
Soportar el precio de la degradación de un modo de vida, renunciar a los hipotéticos sueños que pudiéramos albergar y hacer de la conformidad un mecanismo rutinario, nos eleva simplemente a la categoría de energúmenos.
Este sistema es a todas luces, insostenible y prolongar su vida artificial a costa del sacrificio cada vez más insoportable de las clases trabajadoras, un atajo escarpado y peligroso del que cualquiera con una mínima dosis de cordura se apresuraría a salir.
Si los humildes una vez se endeudaron hasta las cejas llegando a provocar un caos financiero, fue sin duda, porque el capitalismo lo permitió. Puso delante de sus ojos la tentación de los enormes escaparates de lujo proporcionándoles una dilatación en el tiempo para conseguir lo que se ofrecía en las vitrinas, en cómodos plazos mensuales haciéndoles creer que la vida era fácil también para los desposeídos de riqueza. Endulzó su humildad con un aparente estado de bienestar acallando sus conciencias con el ilusorio regalo de unos años benévolos atrapándolos en una tela de araña mientras les inyectaban el dulce veneno de la ostentación asegurándoles que sería para siempre.
Y ahora que estamos en sus manos, habituados a la placentera sensación de ser quienes en realidad nunca fuimos, prisioneros de sus recursos, hipotecados a perpetuidad con las entidades bancarias e instalados exactamente donde nos han querido instalar, hacen que el oasis se esfume y basándose en la amenaza permanente de la extrema pobreza, nos reclaman una entrega absoluta a la esclavitud de unas leyes dictatoriales que nos equiparan a situaciones vividas hace ya casi un siglo.
Pues habrá que cambiar el sistema. El juego se ha convertido en una mera cuestión de subsistencia y el camino desemboca en un mundo en el que no cabemos en igualdad de condiciones los que estamos aquí.
No vale rememorar crisis pasadas ni hacer brindis al sol ahondando en una forma de entender la convivencia tan destructiva para una de las partes, ni se dan unas condiciones satisfactorias para seguir en esta tensa espera a ver si se produce el milagro necesario para salir de la penumbra. No podemos aceptar una rendición sin condiciones que abra una brecha monumental entre nosotros y los poderosos ni nos podemos permitir el lujo de dar segundas oportunidades a quienes nos arrastraron hasta donde nos encontramos buscando exclusivamente su propio enriquecimiento.
Aún no sé como lo vamos a hacer, pero ya es tiempo de poner en funcionamiento las ideas y compartirlas y organizarlas, de igual modo que ellos compartieron y organizaron, comparten y organizan las suyas, antes de que no quede tiempo para solucionar nuestro abandono.
Esta sensación desalentadora que compartimos en este compás de espera que se nos hace interminable, mueve ya a nuestros desgastados sindicatos a mencionar la huelga general aún sin conocer el contenido de las leyes que nos serán impuestas seguramente, por decreto.
Esta despreciable costumbre que el gobierno parece haber adquirido a perpetuidad, hace palidecer todas nuestras perspectivas de futuro y nos enfrenta a un enigma de difícil resolución inminente haciendo aún mayor nuestra debilidad, dado que nuestra contestación está siendo sencillamente inexistente.
Soportar el precio de la degradación de un modo de vida, renunciar a los hipotéticos sueños que pudiéramos albergar y hacer de la conformidad un mecanismo rutinario, nos eleva simplemente a la categoría de energúmenos.
Este sistema es a todas luces, insostenible y prolongar su vida artificial a costa del sacrificio cada vez más insoportable de las clases trabajadoras, un atajo escarpado y peligroso del que cualquiera con una mínima dosis de cordura se apresuraría a salir.
Si los humildes una vez se endeudaron hasta las cejas llegando a provocar un caos financiero, fue sin duda, porque el capitalismo lo permitió. Puso delante de sus ojos la tentación de los enormes escaparates de lujo proporcionándoles una dilatación en el tiempo para conseguir lo que se ofrecía en las vitrinas, en cómodos plazos mensuales haciéndoles creer que la vida era fácil también para los desposeídos de riqueza. Endulzó su humildad con un aparente estado de bienestar acallando sus conciencias con el ilusorio regalo de unos años benévolos atrapándolos en una tela de araña mientras les inyectaban el dulce veneno de la ostentación asegurándoles que sería para siempre.
Y ahora que estamos en sus manos, habituados a la placentera sensación de ser quienes en realidad nunca fuimos, prisioneros de sus recursos, hipotecados a perpetuidad con las entidades bancarias e instalados exactamente donde nos han querido instalar, hacen que el oasis se esfume y basándose en la amenaza permanente de la extrema pobreza, nos reclaman una entrega absoluta a la esclavitud de unas leyes dictatoriales que nos equiparan a situaciones vividas hace ya casi un siglo.
Pues habrá que cambiar el sistema. El juego se ha convertido en una mera cuestión de subsistencia y el camino desemboca en un mundo en el que no cabemos en igualdad de condiciones los que estamos aquí.
No vale rememorar crisis pasadas ni hacer brindis al sol ahondando en una forma de entender la convivencia tan destructiva para una de las partes, ni se dan unas condiciones satisfactorias para seguir en esta tensa espera a ver si se produce el milagro necesario para salir de la penumbra. No podemos aceptar una rendición sin condiciones que abra una brecha monumental entre nosotros y los poderosos ni nos podemos permitir el lujo de dar segundas oportunidades a quienes nos arrastraron hasta donde nos encontramos buscando exclusivamente su propio enriquecimiento.
Aún no sé como lo vamos a hacer, pero ya es tiempo de poner en funcionamiento las ideas y compartirlas y organizarlas, de igual modo que ellos compartieron y organizaron, comparten y organizan las suyas, antes de que no quede tiempo para solucionar nuestro abandono.

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