Después de un pequeño paréntesis hospitalario sin importancia que me impidió ayer escribir mi página diaria, regreso con renovada energía sin tener muy claro qué tema trataré hoy.
Pienso que aprovechando este último contacto, podría pensar un poco en las ventajas y desventajas que conlleva nuestro sistema sanitario con el que en principio, me siento satisfecha.
Lo malo de la Seguridad Social es sin duda la pérdida de tiempo. Una vez que uno llega a manos de los profesionales que se encargarán de su caso, los medios son inmejorables y la formación de nuestros médicos podría considerarse como excelente, pero la andadura del camino puede ser larga y tortuosa.
Llama la atención que en el programa de cualquier `político que se precie, siempre va como punto esencial el acortamiento de las listas de espera. Debieran añadir una mejora sustancial en el panorama tercermundista de las Urgencias y a ser posible, un poco de celo en preservar nuestra denostada intimidad en el caso de que sea necesario un ingreso.
Pienso sinceramente que si se diera una despolitización de la sanidad considerando como primordial el hecho de devolver la salud al enfermo, tal vez habríamos hallado la manera de iniciar una auténtica revolución de este sistema tan duramente criticado por los usuarios.
Pero por ejemplo en el caso de Madrid, es de todos sabido que Esperanza Aguirre se ha cuidado muy mucho de establecer los hospitales de zona no en función de las contingencias de los núcleos de población , sino coincidiendo con aquellas localidades cuyos ayuntamientos son regentados por el Partido Popular, al que ella misma pertenece. Después, se han quedado cortos los presupuestos y los equipos necesarios no han podido ser adquiridos dándose la imagen de grandes hospitales desiertos mientras los enfermos han de seguir desplazándose a los centros de la capital para tratar sus dolencias.
En general, las promesas sobre la mejora de los servicios suelen atraer votos cuando en realidad lo que debieran hacer los votantes sería premiar hechos consumados, pero por una razón desconocida, quizá por la ilusoria quimera de confiar en la palabra de quienes nos dirigen, una y otra vez caemos en la trampa de sus ofertas para darnos de bruces con la verdad en cuanto el periodo electoral termina.
Ahora amenazan con un recorte drástico del gasto sanitario e incluso con un impuesto simbólico para ayudar a la caja estatal que controla nuestra salud además de haber disminuido el sueldo de los trabajadores del sector en la misma medida que el de los demás funcionarios.
Pues bien, tal vez se trate en vez de construir mega hospitales por los pueblos de nuestra geografía, de hacer que los ya existentes alcancen un funcionamiento integral, con un trato humano deseablemente mejorable, con una organización férrea en cuanto al cumplimiento de las tareas administrativas y sobre todo, con una distribución de los enfermos en relación a su gravedad y no al orden de llegada o a la voluntad de quienes se asientan en los mostradores de los centros sin estar preparados para tal función.
Puede que los inspectores vigilen con celo al personal clínico pero ¿quién vigila al político?
Las estructuras fantasmas que se hallan en nuestros pueblos son la prueba de una fuente de despilfarro incalificable y desde luego, que la calidad de la atención a los pacientes se resienta con los recortes prometidos, debiera ser delito.

No hay comentarios:
Publicar un comentario