jueves, 1 de abril de 2010

Diversión por decreto

Me agobia esta diversión por decreto que ayer me impidió entre otras cosas, encontrar el momento de sentarme a escibir mi artículo.
Soy muy consciente de que necesitamos evadirnos de la rutina del trabajo para ampliar nuestros horizontes y desarrollar otras capacidades lejos del ámbito laboral. La pregunta es si ha de ser todos juntos.
Esta diverfsión por decreto que nos empuja como marionetas a las carreteras y aeropuertos, que nos agrupa en determinadas ciudades en determinados momentos, acaba siendo padecida por quienes como yo, necesitan desenvolverse en el lugar en el que viven con cierta comodidad, cosa que parece del todo imposible dado el aumento desmesurado de viandantes y vehículos que colapsan las calles y la vida.
Pero ésto es como un resorte que despierta una conciencia oculta y nómada y que salta a la voz de un esotérico amo mudándonos de individuo en masa y llevándonos a una´vacación programada y multitudinaria imprevisible y bullanguera.
No se me ocurre qué intención puede haber detrás del decretazo para el ocio, pero si estoy segura de que en cierta medida, coarta la libertad del hombre para la elección de su propio divertimento.
Cansa no poder pasear por la ciudad sin tropezar con las plebes enfervorecidas que circulan de un lado a otro poblando los rincones, los bares, las avenidas y los parques sin control y sin rumbo. Porque además, no pueden coincidir casi nunca los gustos de los unos con los de los otros y se acaba creando un conflicto de ocupación de espacios y preferencias que casi siem,pre terminan en enfrentamientos nada jocosos.
Por otra parte, siempre está el aprovechado de turno que triplica los precios de las cosas para aprovechar sin pudor las avalanchas y sacar de éllas sus própios beneficios. Con lo cual, los que no participamos del jolgorio, acabamos pagando las consecuencias del evento tánto en lo anímico como en lo económico.
Aún así, parece que estuviéramos mal vistos los que diferimos de las costumbres establecidas y el grueso de los que comulgan con éllas nos llaman sosos, aburridos y nos miran de mala manera si es que nos atrevemos a pronunciarnos para pedir´un poco de respeto, también para nosotros.
Es verdad que no estamos obligados a seguir su camino en integrarnos en esta pantomima estruendosa, pero considerarnos moralmemte incorrectos resulta por lo menos, inquietante.
No es para mi una necesidad que nadie me organice el calendario ni que me empuje a las playas o a la fe canalizando mi energía con un botón automático que me programa a distancia sin darme opción ni elección en mi destino. Soy suficientemente capaz de saber al menos, lo que no quiero. Y nunca me han gustado los rebaños. Quiero, si no es mucho pedir, balar a solas en el campo que yo escoja y en el momento que yo estime oportuno.

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