lunes, 12 de abril de 2010

Una deuda impagable

El hombre es desagradecido por naturaleza. Inmerso en su realidad del momento, pocas veces revisa la historia ni siquiera para congratularse de sus propios avances y mucho menos, para corregir sus errores. Pero querámoslo o no, todos somos prisioneros de las decisiones que tomamos en épocas pasadas y arrastramos los condicionamientos que nos impusieron para bien o para mal.
Con Grecia concretamente, la humanidad tiene una deuda impagable. Nuestra falta de memoria quizá nos impide recordar que fue Grecia a impulsora de un sistema de gobierno que ahora todos aceptamos con naturalidad como el más cercano al bienestar colectivo: la Democracia.
Esto que ahora parece no tener importancia, supuso un gran avance para la participación ciudadana en los intereses de la colectividad por encima de la interpretación que cada cual haya podido darle después en el transcurso de los siglos.
Ahora que la bancarrota amenaza este país milenario provocando la desesperación de sus habitantes y el temor de quienes podemos ser los próximos, Europa se anima a prestar una ayuda con intereses que rozan la usura desdeñando el recuerdo de su deuda histórica para demostrar una vez más, que nuestro mundo se mueve únicamente por la economía sin que le importe el trasfondo humano ni otros factores anímicos más relevantes.
Ese invento terrorífico que fue la Banca, se adueña de nosotros mostrando toda su indignidad a cara descubierta amenazándonos con su halo de poder inmisericorde.
Oír hablar del sufrimiento de los pueblos es para ellos una anécdota sin importancia. Escondidos en sus despachos , sustentados en la impunidad que les otorga su carácter de administradores del mundo, sus puertas están cerradas a todo lo que no tenga que ver con los intereses y el rendimiento favorables a su maléfica estirpe.
Los líderes políticos, consentidores de su sistema y esclavos de sus normas, son incapaces de alzar la voz en contra de tan demostrada injusticia. Orgullosos del funcionamiento de este capitalismo desaforado, incurren una y otra vez en el error de mantener su dependencia servil sin que haya un solo intento de derrocar el método para poner a funcionar la imaginación en busca de nuevos caminos.
Y esto lo hacen hoy con Grecia, a quién tanto todos debemos, pero mañana, no pestañearán en repetirlo con el cadáver de cualquier nación que llame a su puerta con tal de no perder sus privilegios de clase o el indiscutible progreso del que disfrutan en sus urnas blindadas a prueba de miseria.
Habría que terminar con esta nociva adicción que nos hace la vida irrespirable hipotecándonos hasta el aliento.
¿Estamos en crisis?. Pues nacionalicemos la banca. Reviertan sus incontables beneficios en los países, en sus habitantes y en sus estamentos como medida de urgencia. Los ciudadanos ya hemos pagado la cuota, ahora les toca a ellos.
Y si hay que desbaratar todo este sistema que ha demostrado sobradamente su fragilidad, tengamos la valentía de hacerlo.
Demos a Grecia lo que necesite sin costo alguno, y si hace falta, tiremos de los beneficios de la Banca para aliviar la miseria de los pueblos. Al fin y al cabo, lo que poseen no es más que la suma de los bienes que depositamos en sus arcas a modo de préstamo y no para que se los apropien indebidamente y los inviertan para su subsistencia sin que los volvamos a ver jamás.

1 comentario:

  1. Creo que el olvido de las propias raíces y el desarraigo es una de las herramientas fundamentales de este capitalismo feroz que consentimos vivir; asistimos a una época en la que todo, incluida la memoria histórica y las deudas culturales, tienen precio... Y, desgraciadamente, cuenta con una fría lógica, pues sólo es posible convertir el mundo en mercancía vaciándolo de sentido, cosificándolo, deshumanizándolo. Yo también me apunto a la utopía...

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