martes, 6 de abril de 2010

La inocencia enterrada



¿Qué lleva a una niña de catorce años a practicar la violencia hasta el límite de acabar con la vida de otra persona de su edad y negarle el auxilio y ocultarlo hasta ser descubierta ? ¿Qué extraño manto de tristeza se cierne sobre su corazón para no hallar otra salida más que la de degenerar su propia infancia y enterrar su inocencia para siempre en aras de un horror que, probablemente martilleará su conciencia el resto de sus días? Debe haber un camino tortuoso hasta llegar a ese límite desdichado que no tiene vuelta atrás. Quizá la soledad la acompañó desde la cuna y es probable que nadie tuviera un momento para explicfarle la diferencia entre el bien y el mal crendo en su interior una forma de abrirse a los demás basada únicamente en la rabia y el silencio. Puede, que apoyada por una sociedad individualista, no fuera capaz de descubrir los beneficios de la amistad verdera ni la belleza cotidiana de las cosas pequeñas. Tuvo que ser tan grande su herida, que perdió los años de su infancia en una carrera desaforada hacia la edad adulta asumiendo unos roles de conducta apartados de la convivencia respetuosa que seguramente, nunca aprendió.
Cabe la posibilidad de que ni siquiera reconozca el arrepentimiento ni la sensación de culpa por haber cometido un grave delito y que los hechos, para ella, se reduzcan a una mera anécdota por la que, casi con certeza, es jaleada y aupada a la gloria por otros desarraidgados de su misma condición.
Somos nosotros quienes debiéramos preguntarnos qué derecho nos asistió para privar a esta niña de serlo y disfrutarlo, de saborear la sagrada inocencia de su edad con la felicidad que merecía y obligarla a crecer apresuradamente condenándola al fracaso y la violencia que la empujan a situaciones extremas como esta.
Es una obligación mínima sentarse a reflexionar y asumir desde el fondo del alma que no podemos empujar a los que nos siguen a un mundo oscuro y despreciable donde no les aguarda más que la frialdad y la niebla del silencio.
La estela de nuestra ineptitud está empezando a perseguirnos y no la borraremos del horizonte desde la intolerancia o la desesperanza, sino desde la voluntad por hacer cotidiano el diálogo con nuestros hijos.

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