domingo, 18 de abril de 2010

Las arcas vacías

En el caso de que fuera posible un análisis a fondo de las instituciones que forman el país, el ciudadano no hace otra cosa que preguntarse cuántas saldrían airosas del evento. Son muchos los que piden a diario una investigación del Ayuntamiento al que pertenecen en la certeza que de producirse, se destaparía un nuevo caso de corrupción por aprovechamiento de los cargos.
Es común cuando vives en un sitio asistir a la revisión periódica de las mismas obras una y otra vez. Levantar calles cuando se acaban de asfaltar, remodelar jardines recién diseñados, invertir en alquileres desorbitados de locales que más convendría comprar o retirar licencias para viviendas de protección oficial a favor del mercado inmobiliario libre, son sólo algunos ejemplos de lo que se ha convertido en cotidiano para nuestros ojos atónitos.
La corrupción parece que fuera un mal endémico de nuestra sociedad. Como si los cargos políticos trajeran consigo la obligación de enriquecerse con malas artes en el menor tiempo posible,
Los ejemplos de los últimos casos no son más que un acicate para seguir en esta postura, dada la impunidad relativa con que la ley contempla estos delitos. Malversadores demostrados pasean su descaro más absoluto por las calles, los platós de televisión y las revistas como invitando a otros a seguirlos en una demostración meridiana de que no pasa nada. Algunos incluso mantienen sus cargos con la connivencia del partido al que pertenecen y otros salen después de cumplir una condena a todas luces injusta sin que se tenga noticias de dónde ha ido a parar el montante sustraído o en qué paraíso fiscal se haya rentando a favor del delincuente.
Y lo peor es que el ciudadano ha aceptado con sumisión inaudita que estas cosas sucedan. Como si lo natural fuera la convivencia de la clase política con esta indignidad manifiestamente delictiva que contribuye a llevar a una situación ruinosa nuestros pueblos mientras las arcas personales de estos ediles trepadores se van llenando sin que nadie ponga freno a su codicia.
El desencanto generalizado ni siquiera da lugar a una protesta masiva y ruidosa que exija la total erradicación de esta lacra que está acabando con nuestro patrimonio. Y mientras, los impuestos municipales experimentan unas subidas exageradas que hemos de pagar religiosamente incluso cuando sospechamos cual será el destino final de esos ingresos.
Radicalizando posturas, quizá convendría plantearse una insumisión masiva durante el periodo recaudatorio, exigiendo al mismo tiempo una claridad total en el fin último de las cuentas municipales y una demostración a gran escala de la honradez de quienes nos representan impidiendo cualquier contabilidad desorbitada en el transcurso de su mandato. No estaría mal que durante este periodo se vieran obligados a explicar sus inversiones ante cualquier conciudadano que a nivel personal, las demandara con la misma premura que exhiben cuando se trata de cobrar las tasas o las multas impuestas.
No vale quedarse al margen de esta historia amparados en la indefensión o la costumbre. Desinhibirse es contribuir a que estos desmanes se sigan produciendo riendo la gracia de quienes hace tiempo olvidaron el sentido de la palabra moral a favor de sus intereses. No vale esperar cuatro años una oportunidad de castigo. El ejemplo descorazonador del día a día muestra diáfanamente que los entresijos de la municipalidad están tejidos con finos hilos de flagrante delincuencia y que la inoperancia de nuestro sistema judicial en este aspecto es notoria. La ley debiera recabar íntegramente lo sustraído y contemplar con contundencia la alevosía de los sustractores eliminando cualquier atisbo de tentación en los que en un futuro decidieran presentarse a los cargos públicos como medio de vida.
Y el pueblo está, estamos, para vigilar estrechamente que la presencia de estos individuos desaparezca de la sociedad sin dejar rastro, Por ejemplo, no votando nunca más a aquellos partidos pertinazmente implicados en este vaivén que nos hace más pobres e indignos.


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