La repercusión del caso de Marta del Castillo ha supuesto un antes y un después en la historia de las desapariciones en España. La singularidad de los hechos, las múltiples búsquedas inútiles que se han llevado a cabo y la aparente serenidad con que los acusados se acogen a su derecho al silencio, han llenado muchas páginas de la prensa y originado innumerables debates.
No ha debido ser fácil para el juez la instrucción de este caso. Los continuos cambios de versión, probablemente aconsejados por las defensas, seguramente han entorpecido la lucha por esclarecer la verdad.
Nada hay peor que una desaparición, incluso con certeza de la muerte. Cuando una persona es arrancada a la fuerza de su ambiente, torturada y asesinada, lo menos que merecen sus allegados es conocer su paradero. Este desconocimiento se convierte en una zozobra incuestionable y su duelo en eterno. No se puede cerrar una herida sin evidencia de que fuera infringida.
Seguramente, los familiares de Marta incluso habrán llegado a pensar en algún momento en la posibilidad de que pueda permanecer con vida.
El empecinamiento de los imputados en el caso horroriza a quién los mira, sobre todo por la juventud de los sujetos. Parece imposible que chicos que acaban de dejar la infancia posean un arte de manipulación tan sibilino como para dar al traste con todos los métodos de interrogatorio y las indagaciones de una policía suficientemente adiestrada.
Es probable que mucha más gente conozca la verdad. Este medio en el que hoy escribo se ha convertido en un transmisor mundial de las noticias y los chicos de ahora son corporativistas por excelencia y presumen de sus ¨hazañas¨ publicándolas a los cuatro vientos. He leído que el presunto asesino goza de gran popularidad en la red y que hay chicas que le ofrecen su apoyo incondicional a través de los sitios de contactos.
La linea que separa la ética de lo inmoral se ha convertido en algo sutil para nuestros jóvenes y quizá alguien debería remarcarla para que no fuera cruzada impunemente.
Causa estupor mirar al otro lado de la historia y ver al abuelo de la niña semienterrado en barro esperando descubrir con la ayuda de una pala el cuerpo sin vida de su nieta. ¿Dónde ha quedado la compasión y la dignidad de los individuos?
Espero que la ley se muestre implacable en su condena ayudando a paliar el dolor, la desesperanza y sobre todo la impotencia que se ha instalado en esta familia que ya tiene bastante con su pérdida.
No puede temblar el pulso de quienes juzguen los hechos ni dejar que la juventud de los implicados arañe siquiera una brizna de misericordia por ellos. No merece perdón quien se muestra implacable en su empecinamiento de obstaculizar el derecho a conocer la verdad y se regodea en lo terrible de su delito causando además daños irreparables en terceros.
La justicia que Marta merece, que sus seres queridos merecen, ha de ser cristaliza. Aunque nunca lleguemos a saber que pasó aquella noche ni qué sitio se convirtió en su última morada.
martes, 13 de abril de 2010
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