Un hilo conductor invisible nos une especialmente a Argentina desde hace muchos años. Aquella tierra siempre tuvo el poder de hacernos sentir como en casa. Nos acogió cuando lo necesitamos con una generosidad sin límites, consoló nuestras lágrimas de post guerra y nos alimentó el cuerpo y el alma.
Allí nacieron familias de la más absoluta soledad, hijos que aprendieron un español enriquecido y asentaron nuestros apellidos en un mestizaje que acabó por destruir fronteras para formar hermandades.
Muchas páginas tristes de nuestra historia se aliviaron entre sus calles, se suavizaron entre sus gentes, se transmitieron de padres a hijos siempre en espera de una justicia que nunca llegó. Sin otra posibilidad de recuerdo más que la transmisión oral, se ha pasado la vida de varias generaciones sin la menor posibilidad de que se corrigieran errores o se posibilitara el reencuentro.
Sobrecoge la valentía de unos cuantos ancianos, el apoyo incondicionalmente sincero hacia la única causa en la que creyeron y hacia la única persona que en otro momento triste de sus vidas, les oyó.
Este gesto, que se iguala con el de tantas familias de este lado del mar, es como no podía ser de otra manera, desinteresado y grandioso. Embarcados en el mismo silencio aterrador que pareciera eterno, la posibilidad de poder llorar a nuestros muertos libremente nos hace remar en la misma dirección y hacia el mismo puerto.
No hay palabras para el agradecimiento. Por tantas cosas, por tantos avatares tan similares que han ocurrido allá y aquí. Pero debe quedar un hueco para la esperanza. La buena casta de los pueblos la merece y su empeño incuestionable en que los desaparecidos vuelvan a ser llamados por sus nombres y recordados por lo que fueron cuando gozaban de su derecho a la vida es justo y necesario.
Desde esta ventana pequeña que abro a diario sin poner límites al horizonte, hoy quisiera extender mis manos sobre el mar para abrazar a aquellos que tan bien nos quisieron y a los que tanto queremos desde aquí, para desear desde el fondo del corazón que estos caminos que se entrecruzan sin barreras sean por fin construidos sobre los cimientos sólidos de la verdad y el pensamiento.

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