Es indiscutible que el mundo habría seguido una trayectoria distinta sin la existencia de los visionarios. Esta casta de locos maravillosos que centraron sus esperanzas en el poder de la ilusión, se han encargado de hacer la historia mucho menos aburrida y en la mayoría de los casos sus predicciones se han ido cumpliendo escrupulosamente.
La desazón que producen a sus contemporáneos no es más que un reflejo del miedo ancestral que el hombre tiene a los cambios inesperados que transforman su modo de vida revolucionando sus principios y convirtiendo su devenir en algo muy distinto de lo que seguramente, había programado.
Pero la azarosa eventualidad que caracteriza a la locura es la sal que adereza la existencia. Tratar de alcanzar la utopía partiendo de una ensoñación mientras los demás permanecen anclados en sus fundamentos inamovibles, puede convertirse en una lucha apasionante e incluso en el motor de una cotidianidad rutinaria y cercana al bostezo.
No es fácil ser apóstol de la diferencia ni convencer de unas teorías que sólo viven en los sueños, ni despertar la simpatía en quienes desde la sensatez, rigen los destinos de los estados y las costumbres de las masas. Sin embargo, una vez incorporados los cambios que se proponían a veces como inalcanzables, sus promotores antes tomados por iluminados, son aceptados como próceres de la sociedad y líderes carismáticos de la historia.
Figurar en estas listas de lunáticos ilustres es un privilegio que resulta casi imposible de alcanzar y para muchos hasta indeseable. Parece patrimonio de artistas y colgados de medio pelo para quienes en su momento es difícil la aceptación y que son sistemáticamente rechazados por sus congéneres aludiendo al rigor supuestamente científico y a unas leyes de la naturaleza que pesan como una losa sobre la conciencia de la humanidad acartonándose en sus empolvados anaqueles.
Aunque, debiera ser pecado interferir en los sueños. Desperdiciar la posibilidad de construir un futuro improbable pero posible, sería un crimen contra la libertad del pensamiento. La inmovilidad y el ostracismo se apoderarían del espíritu de la humanidad ennegreciendo el horizonte, suprimiendo la chispa de la genialidad rindiéndola a la niebla de la nada y ahogando su esperanza en el mar anodino de la tristeza.
Es pues de razón, aconsejar la locura transitoria a todos los habitantes de la tierra. Oír sus proyectos, valorarlos, intentar su ejecución por muy lejanos que en el tiempo parezcan. Elevar a los locos a la categoría de constructores del mañana y darles cabida en los rincones más recónditos de nuestras conciencias. Dejar que el mundo vuele con las alas del talento y que sucumba al ritmo de las revoluciones venideras desdeñando la seriedad de los que nunca fueron valientes. Quizá si todos fuéramos locos, se acabaría imponiendo una necesaria cordura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario