viernes, 23 de abril de 2010

Los lugares remotos




Mueren los lugares de nuestra infancia de abandono, de olvido, de un desamor sutil apenas perceptible por la razón desaforada de la vida azarosa de las ciudades. Mueren en su silencio ensordecedor sólo roto por las ramas en movimiento de los orgullosos árboles que no se rinden a la batalla de la mejora y la prisa.
Desdibujadas, sus construcciones desaliñadas por el paso del tiempo, traen aromas de antaño grabados a fuego en la memoria y colores de verbena bailan la última danza sobre los adoquines desgastados de lo que fueran sus calles principales y el arco derruido de la plaza.
La huida necesaria hacia el progreso, el irse quedando tácitamente en los cómodos asentamientos urbanos, la pereza, el ansia de volar con nuevas alas hacia destinos más atrayentes, nos fueron dejando poco a poco huérfanos de nuestra identidad, sin querencias.
Los sitios que se han quedado sin nombre, que ya no figuran más que en los mapas de nuestros años felices, son una demostración viva de nuestro propio desarraigo. Estamos solos en ese mundo que nos fascinaba entonces desde lejos, cuando lo imaginábamos milagroso en nuestro afán de aventura insaciable.
Y ahora, que se nos pasó la vida en un suspiro intentando alcanzar el cielo de felicidad sin conseguirlo, cuando hemos caído en la cuenta de que poseíamos todo un universo de pequeñas cosas tan grandes, no tenemos dónde volver. Todo se ha desvanecido como si hubiera sido un sueño, como si la risa sonora de unos cuantos compañeros de juegos, no hubiera existido jamás y fuera sólo el reflejo en el agua de una imagen fabricada en el frescor de una siesta o la invención lacrimógena de quien se va acercando a la senilidad.
Pero mientras recorremos el camino tortuoso que nos lleva al solar que un día habitamos junto a los nuestros, cuando seguimos el cauce del rió deseando mirar al otro lado de la pequeña colina esperando encontrar el pueblo, aún hay algo que nos conmueve agitándonos la conciencia sin que queramos conformarnos con no pertenecer a algún lugar.
Y más que la fantasmagórica visión de la enorme soledad que puebla nuestros campos, nos parece ver el humo de las chimeneas, oler la lluvia a borbotones sobre el tejado de la iglesia y oír las voces de los que tanto quisimos y que permanecerán para siempre jóvenes y vivos en nuestra memoria.

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