jueves, 15 de abril de 2010

La tierra prometida





Un problema añadido a esta durísima crisis a la que nos han arrastrado es el endurecimiento de las posturas racistas. Enarbolando una bandera de patriotismo obsoleto, determinados grupos se afanan en hacernos creer que los emigrantes nos roban nuestra oportunidad en el mercado laboral llevándonos a un paro forzoso del que resulta prácticamente imposible salir.
Mientras vivíamos el estado del bienestar y la proliferación del ladrillo se consideraba una panacea milagrosa, tolerábamos su presencia como motor de una economía sumergida en unos puestos que desechábamos porque se alejaban de nuestra comodidad y exigencias.
Pero ahora, hemos tenido que volver la mirada hacia los campos y aceptar condiciones mucho peores en nuestro ánimo de no engrosar las listas del INEM y nuestras posiciones se han radicalizado e incluso ya se habla de crear leyes de exclusión y reforzar las fronteras blindándonos a todo lo que venga de fuera.
Ningún ser humano abandona una vida de ensueño para embarcarse en una patera arriesgando la vida si no lo hace en la creencia de que será beneficioso para sí mismo o para los suyos.
El escaparate de la tierra prometida ha sido sistemáticamente expuesto haciendo apetecible la idea de formar parte de ella y la presunción reiterada de nuestro modelo de sociedad se ha hecho irresistible para otros menos afortunados en su lugar de nacimiento. Muchos, se han quedado en el intento de alcanzarla, en la profundidad de los mares o en las tumbas que nunca tendrán nombre. Otros, malviven en los semáforos, merodean por las calles o trabajan sin derechos en las capas más ínfimas de la sociedad hacinándose en habitáculos malolientes y soportando el desprecio de quienes los equiparan poco menos que a los animales, sin ninguna consideración.
Estas personas tienen historia. Tienen nombre, familia, temores y angustias, como todos los demás. Vienen con la ilusión de conocer algo mejor que lo que dejaron atrás y merecen respeto. Y no son en modo alguno, culpables de una situación adversa que seguramente provocó la avaricia y el deseo desmesurado de riqueza.
Sus aspiraciones son lícitas y muy escasas sus demandas. Son en fin, una gota en el océano de nuestros problemas y a veces hasta una solución para nuestra demografía decreciente o para el pago de nuestras pensiones.
Probablemente, ya habrán comprendido que esta no era la tierra que tanto prometía ni nosotros la cara amable que esperaban encontrar a su llegada, ni nuestra puerta la que se abriera para recibirlos con un trato igualitario y decente. Y a veces, hasta se habrán arrepentido de estar aquí.
Realizar un esfuerzo para su integración sería beneficioso para todos. Seguramente tienen mucho que enseñarnos y nosotros mucho que aprender.

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