Últimamente cometemos con cierta frecuencia el error de cambiar los roles de padres y maestros. La paternidad es un gran compromiso que adquirimos deliberadamente en un momento de nuestras vidas y que nos obliga el resto de ella, a mantener una dinámica para con nuestros hijos de la que sólo nos libera la muerte. Ser padres no es una profesión sino una elección libre de un modo de convivencia creado por unos lazos afectivos de los que no podremos desembarazarnos jamás y que se verán remunerados a nivel emocional cuando, pasado el tiempo, miremos a las personas que hemos ayudado a crecer y nos enorgullezcamos de ellas.
La educación concierne directa y solamente a los padres. No acaba su papel educador cuando los niños entran en edad escolar, sino que se extiende hasta el ámbito del colegio para mostrarles, desde las familias, las nuevas normas de respeto y convivencia.
El papel de los maestros será pues, el de enseñar, mucho más fácil sobre aquellos que ya vienen educados de casa que sobre los que por error de los padres, desconocen por completo los parámetros más primarios para desenvolverse en sociedad.
Es vejatorio tratar de endosar al maestro el peso de la educación de los menores desembarazándose de una obligación exclusivamente paternal y pretender que es a la escuela a quien corresponde la formación personal, además de los contenidos académicos. Esto da lugar a que frecuentemente se degraden las relaciones con los enseñantes, que además de su propio papel han de desempeñar desde el principio, la labor ingrata de corregir posturas y costumbres ya degeneradas por la omisión total de las familias.
Cuesta a veces la vida que los padres acudan a una entrevista y cuando lo hacen, muchas veces los profesores son recriminados por las posiciones imperdonables de los niños, como si fuera su obligación corregirlos, además de enseñarlos.
Esta confusión de roles, acaba generando violencia y la mediación es prácticamente imposible si cada cual no asume su lugar y aúnan esfuerzos para que todo alcance la normalidad deseada.
La escuela no es un lugar donde aparcar los hijos desatendiendo nuestros deberes ni podemos esperar que moldeen su carácter y nos devuelvan niños brillantes y bien educados cuando los recogemos a la salida.
La escuela podrá enseñar contenidos, mejorar la cultura y formación de los individuos satisfaciendo sus necesidades de aprendizaje, pero su comportamiento consigo mismo y con los otros, depende plenamente del plano familiar y habría que buscar el tiempo para conseguir una mejora sustancial en estas habilidades tan perdidas en el mundo moderno.
Insultar al maestro, agredirlo, criticarlo, no demuestra más que un gran fracaso personal en la tarea educativa de los padres y un ejemplo devastador para el futuro del menor y su relación con los otros.
Quizá habría que potenciar con más firmeza las escuelas de padres y empezar por recomendar encarecidamente que aumenten su propia educación antes de embarcarse en la apasionante aventura de traer hijos al mundo.
lunes, 12 de abril de 2010
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