Desaparece, también con violencia, el último participante en la matanza de Puerto Urraco. Este terrible episodio, que se definió como típico de la denominada España profunda, segó indiscriminadamente varias vidas en las calles de un pequeño pueblo extremeño.
Esa España de rencores eternos y odios enconados relacionados con mínimas fronteras o amores no correspondidos, se suponía íntimamente relacionada con el analfabetismo y la incultura, tan comunes en épocas pasadas.
Los límites morales de las tierras escondidas de nuestra geografía se rompían estrepitosamente cada cierto tiempo, haciendo saltar por los aires toda lógica bien pensante y mostraba venganzas obsoletas teñidas de la sangre de los inocentes, como si las reglas de su juego fueran otras que las que se encontraban plenamente asentadas en las ciudades bulliciosas donde se labraba otro futuro.
Esos crímenes alevosos, rumiados en el silencio ensordecedor de los valles recónditos, perpetrados con armas tradicionalmente de uso familiar y producto de la obcecación de seres primitivos, quedaron enterrados en sus lugares de origen y el panorama delictivo actual va por otros derroteros diametralmente opuestos.
Se ha pasado del desconocimiento más absoluto de cualquier manifestación cultural, al refinamiento, al estudio minucioso de las leyes y sus argucias, entrando en una vorágine de delitos mínimamente pagados por quienes los cometen, como si en estos años ganados al ostracismo, se hubieran también abierto las puertas de la sofisticación para los delincuentes y asesinos.
Ya no hay matanzas como las de Puerto Urraca. Ha desaparecido el apasionamiento de los criminales y se ha instalado en ellos esa frialdad inenarrable que los lleva a ampararse en cualquier recurso legal que disminuya su condena.
Los que matan, ya no son elementos tercermundistas aislados que dan rienda suelta a sus instintos enfermizos bañando de sangre las calles, sino tremendos sibaritas sin ánimo de arrepentimiento que conviven en nuestra sociedad manipulándola a su antojo cuando atraviesan la barrera de una legalidad que ni siquiera entienden en lo más profundo de sus conciencias.
La única similitud entre aquellos crímenes y estos podría cifrarse en la locura de los individuos. Pero es una locura diferente, mucho más compleja la de ahora, pues ni siquiera es asumida como enfermedad por quienes la padecen
La pregunta es si realmente hemos avanzado en el tiempo, si hemos dejado atrás la llamada España profunda o más bien, nos hemos sumido todos en otra profundidad mucho más negra y duradera que la que entonces nos horrorizaba.
Véase el estallido de violencia que a diario nos acompaña. Examínense minuciosamente los móviles por los que se mata y se verá con claridad que ninguno de ellos arrastra heridas de antaño, ni desavenencias vecinales, ni disputas que provengan de divergencias insalvables en un ámbito pequeño.
La modernidad nos ha traído otro tipo de degeneración mucho más absurda, que desprecia la vida hasta el punto de arrebatarla por capricho en una especie de ritual copiado de sociedades mal consideradas como más avanzadas que la nuestra. Falta primero, el respeto personal a uno mismo, la ética que impide traspasar el límite moral de la dominación hacia los otros.
El criminal de nuestros días se considera y es considerado un semidiós con poder de decisión suficiente para llevar a la muerte a los que le rodean en el momento en que se conviertan en un obstáculo para la consecución de sus deseos, sea cuales fueran éstos.
Habrá que cuestionarse este cambio en el patrón de los comportamientos y asumir que si verdaderamente se trataba de un problema de educación, nuestro fracaso ha sido estrepitoso.
Por tanto, si no educamos mejor y nos apeamos a tiempo de estos modelos traídos de otras partes, quizá terminemos lamentando no haberlo corregido a tiempo. Y este país caminará hacia un progreso descorazonador para nuestra propia seguridad de cuerpo y alma.
Puede que más que salir de la profundidad de nuestra historia, la hayamos disfrazado de una indignidad mucho más peligrosa y violenta.

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