miércoles, 28 de abril de 2010

El futuro imperfecto





Hoy se me hace difícil hablar de un mañana esperanzador. Esta maldita crisis, se nos ha acabado instalando en el alma y me faltan palabras de aliento para los cerca de cinco millones de personas que se cansan de llamar sin que se les abra una puerta y cuya vida es igual que la mía, protagonizada por el presente.
Se ha violado el derecho fundamental al trabajo y convertido al mismo tiempo en desocupados, a jóvenes y maduros indiscriminadamente.
Esas filas de rostros serios que se agrupan ante las oficinas de empleo agotando los últimos recursos, antes de caer en un vacío de consecuencias imprevisibles, se me antojan descorazonadoras e irresolubles.
Recuerdan y mucho, las imágenes del gran Crac del veintinueve, la miseria que iguala las clases sociales con su devastadora guadaña. Una y otra vez, se repiten las mismas historias personales de pérdidas, de búsquedas infructuosas, de desesperación y desaliento.
No es solución los subsidios ínfimos que parchean débilmente las situaciones mientras se espera que llegue la sequía devastadora de la total carencia, ni sirven las reuniones de los gabinetes de las que salen medidas para favorecer la macroeconomía, ni las encuestas manipuladas que aseguran que el año que viene todo irá mejor. Ni por supuesto, esa guerra permanente entre partidos políticos disputándose el voto del hambre a la vez que demuestran su incapacidad para encontrar una respuesta.
Sabemos que no existen los milagros, pero ya no es posible la espera.
Hay que encontrar un camino para la ocupación, a ser posible, un atajo que nos devuelva en poco tiempo a la estabilidad emocional y a una rutina laboral a la que tenemos derecho.
Curiosamente, la Banca ha sido socorrida con celeridad para evitar su descalabro, a pesar de su evidente culpabilidad en este conflicto, de su afán de posesión y su desmesurada avaricia por multiplicar beneficios a costa de hipotecar la vida de los ciudadanos fomentando el afán de posesión y un estado de bienestar ficticio que a todas luces, era insostenible.
Ellos no perderán. Aunque en el mundo se globalice la pobreza, sus arcas permanecerán intactas aún a costa del sacrificio de las familias y los Estados.
Envanecidos por su demostración de poder, someten a los dirigentes, los exprimen exigiendo sus recursos, y borran todo atisbo de necesidad maltratando a aquellos mismos a los que animaron a aventurar sus bienes bajo su tutela.
Pero ya no nos queda mucho que perder. Se ha enredado la maraña hasta un punto en el que la desesperación se ha convertido en compañera y nuestras voces han de ir encaminadas hacia un cambio radical en las políticas de nuestros pueblos gritando con valentía que no queremos otro futuro con las mismas reglas de juego.
La forma deplorable en que nuestros dirigentes han gestionado esta crisis, reclama una dirección más socializada del reparto de la riqueza. No podemos cifrar toda nuestra esperanza en la economía desahogada de unos pocos, ni tolerar una dominación oculta de sus mecanismos sobre nuestra vida cotidiana.
Hay que exigir, sin posibilidad de discusión, un discurso distinto. Reclamar que terminen categóricamente las ayudas a la banca y se empleen los recursos en la creación de empleo. Porque el capitalismo ha de asumir su parte de la pérdida y resignarse a los números rojos y hasta hundirse, de la misma manera que los sufridos ciudadanos padecen sin compasión situaciones extremas.
Puede que así el futuro sea menos imperfecto demostrando que una vez aprendimos la lección y supimos poner en marcha la maquinaria de un mundo nuevo en el que por fin, nosotros seamos los protagonistas,

No hay comentarios:

Publicar un comentario