Sobrecoge la imagen de los niños palestinos tirando incansablemente piedras sobre el ejército mejor armado del mundo. Es la suya una lucha desigual sin un solo atísbo de futura victoria, pero su espíritu trasciende dando sentido a la utopía y nos llega desde lejos punzando nuestras conciencias.
Flaca memoria tiene Israel si ya ha olvidado lo que es sufrir en carne própia el mayor holocausto de todos los tiempos y poco aprendió de los errores cometidos por los otros si es capaz de no comprender la importancia que cualquier pueblo da a su identidad y su espacio habitado.
Enteramente, parece que lo que padecieron durante los años del nazismo no ha hecho otra cosa más que endurecerlos y obligarlos a un rearme monumental borrando toda posibilidad de diálogo o entendimiento. Responder al lanzamiento de cohetes con misiles da una idea de la prepotencia desmesurada con que se afronta este conflicto.
Esos muros que ahora se construyen en nombre de una paz que puede ser comprada con riquezas, no son más que una repetición de los guethos hitlerianos y quizá el paso próximo será coser una media luna en las chaquetas de sus habitantes.
Este país, que ha pasado de una pasividad estremecedora a una militarización forzosa, puede que no repare en que va perdiendo apoyos y cayendo en el oscuro pozo de un fascismo encubierto cuyas consecuencias serán, seguramente, tan espantosas como las que una vez éllos mismos soportaron.
El mundo no debiera tolerar este fundamentalismo de guante blanco que genera a diario una violencia indiscriminada y tendenciosa. Es el pie inexorable del gigante aplastando con sus zancadas a los pequeños liliputienses cuya única defensa es un puñado de piedras cogidas del camino. Ofende la dignidad del ser humano el silencio de las grandes potencias ante el intento de exterminio de los más desfavorecidos.
Pero claro, la economía se ha convertido en el auténtico Dios de nuestro tiempo. Hay que adorarla y rendirle pleitesía y mimar a los posesores de tan preciado bién callando ante la injusticia y el escarnio siempre en favor del que más puede.
Ingrato deber, el de quien sabiendo que se equivoca, no es capaz de mover un dedo en beneficio de los necesitados. En ceirto modo, son presos del sistema por el que abogan y la voz incontestable de la historia los pondrá en su lugar. No me cabe la menor duda.
viernes, 2 de abril de 2010
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