Se queja la tierra con sonoridad del abuso que hemos cometido con ella maltratándola hasta la saciedad durante veinte siglos. Es una madre dolida con el comportamiento soez de sus hijos que apuran sus recursos sin pensar en las terribles consecuencias que sobre su salud pueden acarrear sus continuos desmanes y su desprecio.
Como si de repente hubiera decidido terminar con su generosidad infinita, tiembla y se abre violentamente tragándose cuanto encuentra a su paso, como tratando de demostrar su inenarrable poder callado durante tanto tiempo. Abre sus montes escupiendo lenguas de fuego purificador y sembrando sus nubes cenicientas por los valles y los mares.
De alguna forma ha de hacer oír su descontento con la dirección que han tomado nuestros actos y expresar su disconformidad con este progreso asesino cuya finalidad exclusivamente económica, le ha perdido el respeto.
No hemos sabido asimilar la suerte de disfrutarla en plenitud y hemos talado sus masas arbóreas para construir edificios, fabricado emisores de CO2 andantes, esquilmado los mares, configurado a la carta los frutos de sus campos y surcado su cielo llegando a traspasar todos los límites de su tolerancia con una violencia infinita.
Por desgracia, este lamento estruendoso acaba siempre perjudicando a los más débiles. y la conjunción de los elementos se ceba con la pobreza ahogando a los que ya nada tenían sin que apenas repercuta sobre los verdaderos autores de tal ignominia.
Cabe una reflexión profunda sobre nuestro papel en relación con la Naturaleza. Estas señales que nos son enviadas para que comprendamos el hartazgo con que ella nos contempla, deben ser interpretadas con máxima alerta. Y como el hijo severamente reprendido por su madre, debemos acometer el futuro considerando que los errores del pasado no pueden repetirse. No es esta una cuestión de poderes ni de Estados reunidos para aunar intereses económicos, sino que desde la humildad de nuestra pequeñez habremos de emprender otros caminos para concordar nuestra vida con la de nuestro hábitat.
No hay fronteras en esta empresa común que abordamos desde la incertidumbre de si aún estaremos a tiempo de enmendarnos. Quizá si restituimos a la tierra con paciencia y buena voluntad todo aquello que le hemos ido robando sin recato, consigamos de nuevo su complacencia y la paz habite de nuevo entre nosotros.
Porque si persistimos en provocar su ira no habrá muros de contención que nos libren de su fuerza incontrolable y tal vez sucumbamos a una venganza implacable que, sin duda, merecemos.

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