martes, 30 de marzo de 2010

Vida a la vida

Me despierto con la magnífica noticia de que parece próximo el fin de la pena de muerte. Es un dulce despeertar que se agradece en medio de tánta barbarie y corrupción en este mundo que nos ha tocado y que ni siquiera sabemos preservar.
Siempre me ha parecido monstruoso que en nombre de la justicia se pueda privar de la vida a un ser humano y poder seguir adelante con nuestras conciencias, por muy terrible que hubiera sido su crimen.
Comprendo, porque es de recibo, que los allegados a las víctimas clamen por esta última pena y hasta que les produzca placer que se ejecute en un intento desesperado de tranquilizar el dolor, la rabia y la impotencia.
Pero llegar a este camino sin retorno no es más que igualar nuestra condición a la de aquellos que delinquieron (con o sin móvil aparente) e ir aún más allá, a la frialdad calculada de una fecha establecida para arrastrar a una persona hasta el patíbulo y encima amparados por la ley.
Si el mundo quiere avanzar, ha de abandonar irremediablemente, creo, todo tipo de violencia y el hombre ha de aprender a convivir sin la maldad instintiva de las bestias en una sociedad igualitaria cuyo primer principio habría de ser el derecho a la vida, por encima de cualquier otro y en aras de una educación que nos acabaría llevando al respeto finalmente.
No se puede exigir comprensión a los asesinos mientras se es brazo ejecutor sin el menor atísbo de culpabilidad o cargo de conciencia. Acallar a las masas con esta clase de justicia casi divina, es solo un burdo intento de potenciar el poder y una forma dictatorial de amenaza que desdice en todos los casos de la bondad espiritual que solo el hombre posee.
Hay que reflexionar y hacerse digno de la racionalidad que nos es dada ahondando en un equilibrio entre justicia y pensamiento y no esperar que el hombre salga de sus errores no ya a través de la represión, sino de la comprensión y la esperanza.
Mirar a la abolición de estas condenas, es mirar frente a frente a la vida. Vayamos destrerrando del corazón la triste figura de la muerte y habremos caminado un gran trecho para engrandecer el orgullo de ser humano.

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