jueves, 25 de marzo de 2010

La cruda realidad

Creo que voy a ser yo quién le diga alto y claro a los jóvenes que la vida no es puro divertimento, como parece que éllos piensan. Sus padres debieron decírselo hace tiempo, pero se entrtuvieron en intentar hacerse amigos de sus hijos y relegaron toda la obligación de educar al ámbito de la escuela. Estaban demasiado ocupados en crear su própio estado de bienestar para entender algo tan fácil como que tener un hijo conlleva una responsabilidad permanente, un diálogo continuo y un intento de trazar un camino basado en la convivencia y el respeto hacia todos los que nos rodean.
Quizá en este afán de rejuvenecimiento que nos invade a través de las pantallas y los escaparates en algún momento dejaron escapar las riendas de sus deberes y ahora ya no saben qué hacer.
Con este amiguismo inadmisible han creado una generación que avanza imparable hacia la destrucción de si misma. Extraña que se asombren cuando los hijos les exigen a voces el cumplimiento de su santa voluntad, cuando proclaman a boca abierta una lista interminable de derechos creyéndose merecedores de todos los privilegios sin mencionar en ningún momento ninguna abligación.
Curiosamente, esta adolescencia fracasada incapaz de articular ni siquiera una frase completa, que cifra toda su felicidad en un teléfono móvil y dormitar por las esquinas a altas horas de la noche con dos botellas de calimocho como mejor compañía y se cree en posesión de la verdad por encima de los valores humanos o la própia conciencia se ha vuelto sobre todo, intolerante y no soporta un desliz en ninguno de los que la rodean. Acuden a la violencia oral o física con enorme rapidez, seguramente víctimas de su própia ignorancia del lenguaje como vehículo para resolver los problemas y del círculo de soledad que se cierne a su alrededor de su mundo de videojuegos y pastillas.
Ya es hora de crezcan. Los padres, los primeros. Han de negarse a esta dictadura ferrea con contundencia y no dolerse de un enfrentamiento radical que aclare de una vez una posición de respeto inmediato. Al final, uno tiene la edad que tiene y el papel que le tocó en esta historia.
Dar la razón a quienes no la tienen, apoyar incondicionalmente a los hijos frente a los profesores, echar mano de las lágrimas, el silencio o la rendición ante los que son,sin lugar a dudas, errores imperdonables cometidos en el transcurso de la educación, no sirve más que para seguir engordando el mito de Alicia en el país de las maravillas.
Y hablando de paises, ¿quién gobernará el nuestro en el futuro? La imagen de un parlamento de analfabetos alcohólicos e intolerantes no parece ser una buena salida. Pero la visión de la juventud en las calles es ésta y si no se remedia, si no se explica con claridad un concepto real de la vida que les espera, desgraciadamente, este será el panorama de la próxima historia.
Olvidémonos pues, si queremos ser padres, de emplear todo nuestro tiempo en trabajar.Asumamos que a pesar del cansancio, habremos de dedicar varias horas al día a educar a los hijos, seamos amigos de nuestros iguales y padres en toda la extensión de la palabra. Y digamos que No tántas veces cuantas sean necesarias recordando si fuera menester, quién manda en casa y a quién le toca obedecer mientras comparta nuestro techo. E impongámos sin discusión , cánones de conducta y empeño en que el respeto ha de ser inviolable , sobre todo hacia nosotros mísmos.
Y si no, desistamos de la paternidad sin que nos duelan prendas. Más de uno hubiera hecho bién en pensarlo antes de hacer responsable a la sociedad, de por vida, de elementos como sus hijos.

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