Somos muchos, aunque no se nos oiga, los que carecemos de un sentimiento de arraigo exacerbado por el lugar en que nacimos. Nuestro concepto de Hombre Universal quizá nos viene dado por los horrores de tántas guerras.
Ser apátrida es ,creo, englobar en un solo y múltile espacio el afecto por la especie a la que uno pertenece y no creer en ningún tipo de fronteras ni ideólogicas, ni religiosas,ni étnicas ni, simplemente territoriales.
Si todos fuéramos apátridas, avanzar en una sola dirección, al unísono, sería el centro de todos los esfuerzos. La convivencia pacífica de la humanidad cada cúal con su idiosincrasia, constituiría el objetivo de todos los esfuerzos, no habría lugar para los muros con los que tropezamos a diario en nuestro desolador avance por tiempos tan difíciles.
Es un grave error confundir al apátrida con el cobarde. Este argumento que tan bien enarbolan los patrioteros de´turno en su auto proclamación de dueños de las banderas , los idiomas y las razas, no tiene otra razón que la sed de dominio. Es fácil ejercer el poder sobre los pobres, los inermes y los analfabetos . Ese ha sido el camino durante toda la historia de la humanidad.
Pero los apátridas no tenemos ambición de ese tipo. Nos mueven otros vientos muy alejados de la posesión y la violencia. Por eso no entendemos los nacionalismos a ultranza que se desgarran las vestiduras con exigencias basadas en el terror y la muerte. Ni tampoco el ultraje sibilino a que nos somete el sistema capitalista con su velocidad de consumo y su tozudez en hipotecarnos la vida con sus préstamos asfixiantes.
Ser apátrida, no es otra cosa que ser hombre. Asi, desnuda la palabra sin calificativos halagadores para envanecer nuestro ego.
Ser apátrida es magnificar el respeto y la tolerancia, detenerse para que pase otro, abrir la casa para que entre en ella el que tenga a bién hacerlo, no hacer conscientemente mal a ningún semejante y habilitar un bién comun en detrimento del bién própio.
Y no es una utopía sino un comienzo para abandonar los abismos que nosotros mismos hemos fabricado errando tercamente en los mismos defectos. Uno solo ha nacido aleatoriamente en un lugar, pero su horizonte debe ser infinito.
Reflexionemos en lo que llegaríamos a ser si nos obligáramos a prescindir de todo aquello que nos separa y subiéramos por una vez, al mismo barco.
El viaje sería probablemente, el más duro de nuestras vidas, pero no habríamos conocido nada comparable a esa llegada a puerto.
martes, 23 de marzo de 2010
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