lunes, 29 de marzo de 2010

Añorado Miguel

Recuerdo que la primera vez que leí a Miguel Hernández yo tenía quince años. Me llamaba la atención el hecho de que durante una época de la historia de España, no hubiéramos tenido poetas. Así que me dirigí directamente a mi padre y pregunté. Me explicó que los mejores poetas de la lengua española estaban muertos o en el exilio y me recomendó unas lecturas extraoficiales que consegimos como pudimos aquí y allá.
Así descubrí a Pablo Ndruda, Antonio Machado, Alberti, Lorca y Miguel Hernández.
Y no pude parar. Era tal la belleza de sus versos, el compromiso con la sociedad de sus palabras y la vigencia (aún hoy) de sus ideas, que se convirtieron de inmediato en libros de compañía que he vuelto a releer muchas veces durante el resto de mi vida. Mas tarde se les puso música (gracias Serrat) y se hicieron populares, pero para entonces yo ya los amaba para siempre.
Está bién que se haya resarcido a la familia de Miguel Hernández de la vergüenza de su trágica muerte y que se le de el sitio que verdaderamemnte correspondee a su sacrificio vital
durante tántos años silenciado. Pero creo en el fondo del corazón que todos aquellos que conocemos y admiramos su obra, nos hemos encargado, a pesar de los acontecimientos, de mantener muy viva la llama de su recuerdo y no permitir que se borraran cada una de las palabras que escribió.
Yo le agradezco la emoción de sus versos y el sentimiento imperecedero que me produce su lectura todas las veces que acudo a ella para experimentar, como si no la conociera, la maravilla de su descubrimiento. No me canso de recomendarlo a los que, por razones de edad no lo conocen e incluso he transmitido por vía oral algunos de sus poemas.
Miguel Hernández es sin duda, el poeta del pueblo y como tal, su peculiar forma de escribir llega a los humildes como algo que les es familiar y necesario para recordar que en la humildad también existe la belleza, la superación y el valor de luchar por cambiar el mundo desde una posición como la suya.
Queden tranquilos sus herederos, que no le olvidaremos. Eso si, le añoramos, pero es tánta su grandeza, que permanecerá entre nosotros mientras alguien se sorprenda por primera vez con la sinceridad de sus versos.

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