miércoles, 24 de marzo de 2010

Poetas

A diferencia del escritor, que puede aprender el ofico a base de estudio y disciplina, me atrevería a decir que el poeta nace. No vale imponerse la tarea diaria de sentarse a escribir poesía ni repasar una y otra vez los versos de los que nos antecedieron ni intentar la consonancia de la rima delante del papel creyendo que de este modo crearemos una obra maestra.
El poeta es una rara especie que como otras, por alguna razón en algún momento de la vida -casi siempre más pronto que tarde- siente en su interior una llamada misteriosa que le hace olvidar todo lo demás para exponer su propia intimidad plasmando sus más intimos pensamientos.
A esto le llaman Musas. Y es verdad que quienes se ven atrapados en sus redes por primera vez, las añora y las necesita para seguir el árduo camino de la vida. Su presencia convive contigo a veces en letargo, otras en una excitación sorprendente y te domina y te lleva hasta el cadalso amoroso de sus brazos ahogándote en el veneno de su bruma.
No se puede escapar de su fatal atracción ni renunciar a su dictatorial mandato. Si naces poeta, eres ya para siempre evocador de vivencias, soñador de utopías y solícito defensor de las cosas pequeñas que suelen pasar desapercibidas para el resto de los humanos.
Pero ¿cómo claudicar ante la felicidad de provocar el sentimiento profundo en los corazones de los otros? ¿cómo abandonar el privilegio de haber sido elegido para decir aquello que ningún otro pudo jamás decir de la misma manera?. ¿Cómo rechazar el mecenazgo de la inspiración y volver la espalda a la belleza de componer desde dentro la riqueza de unos versos?
Es imposible la renuncia y eterna la recaída en esta enfermedad crónica de melancólicos sueños y la profunda apatía que todos los poetas sienten alguna vez, queda automáticamente anulada en cuanto una nueva llamada te acelera el corazón desbocándolo por la necesidad imperiosa de escribir.
Por suerte, este camino predestinado nada tiene que ver con lo material o la riqueza y no se embadurna con los daños colaterales de la ambición ya que hasta ahora, nadie se enriqueció siendo poeta.
Y aún así, se reincide coincidiendo con lo bueno y lo malo, con la alegría y la más profunda de las tristezas; en una u otra estación, de noche o de día, en la juventud y en la madurez, no importa el lugar en que te encuentres.
No habrá cura para esta entfermedad ni método tecnológico avanzado capaz de rehacer al poeta para apartarlo de la pluma. Y yo me congratulo que así sea. El mundo sería terrible sin la pequeña maravilla de un poema.

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