Asombrosa la sonrisa arrebatadora del señor Díaz Ferrán mientras expresa a boca llena su intención de permanecer como representante de los empresarios.
No ha destacado precisamnte por ser ejemplar en el gobierno de sus múltiples actividades. Sus trabajadores acaban de entrar a formar parte de las nutrídasl istas del paro y aún así, él tiene tiempo para enfrentarse al mundo aguantando el tipo con una desfachatez exagerada.
Ya me sorprendieron, y mucho, sus declaraciones de días antariores erigiéndose en defensor de un empleo para jóvenes sin derecho a indemnización por despido y sueldo vergonzoso. "Lo importante es tarbajar" afirmó, sin condiciones. Siempre será mejor ue nada.
Inexplcablemente nadie pidió su dimisión. Ni Partídos políticos, ni Sindicatos. NADIE. Me pregunto quién será pués la v oz de los jóvenes en este asunto y quiero recordar, por si hay olvido, que esos jóvenes no son una nebulosa sin nombre ,sino nuestros hijos desempleados.
Asusta pensar en enfrentarse a semejante interlocutor en una negociación y sobre todo, cuesta tragar que los tan cacareados representantes de los trabajadores no abandonen de inmediato sus subvencionadas sillas para convoc ar, al menos, una huelga general indefinida para que este señor desaparezca inmediatamente de nuestras vidas y se dedique plenamente a la reconducción de sus própias empresas.
No me queda más remedio que acudir a una teoría que mantengo desde que se empezó a hablar de crisis: ésta no es más que una maniobra habilmente organizada para empujarnos a una situación laboral asiática. Una vuelta al siglo XIX, cuando nos obligaron a abandonar los medios rurales para hacinarnos en las ciudades a cambio de un mísero salario.
Ya nos han asfixiado, ahora nos lanzan una tabla de salvación con sus condiciones grabadas para que empecemos a recordar quién manda y a quién le toca obedecer. O nos ahogamos sin remedio.
Y yo quisiera recordar, porque me duele, a todos aquellos que lucharon por cambiar esas cosas y hasta llegaron a dar la vida por mejorar las condiciones de los otros. Un largo camino que no debe tener vuelta atrás. Se lo debemos éticamente.
No otro remedio que abandonar la inercia, decir adios a la apatía y al pancismo para creer en la esperanza de que todo puede ser cambiado. Es una cuestión de decoro y esfuerzo .
Repele formar parte de la alienación colectiva y hay que empezar, otra vez a ser individuo y sociedad en actívo, sin miedo y libremente.
Yo no pienso callar. Pertenezco a la rara especie de los seres sin ataduras ni subvenciones destinadas al adormecimientto de las conciencias.
Märchese, señor Dïaz, porque da usted mucho miedo, sobre todo si se reflexiona sobre lo que se atreve a decir. Porque ¿Qué seá lo que calla?.
viernes, 19 de marzo de 2010
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Nos han tocado vivir tiempos complicados, aunque si echamos la vista atrás, pecata minuta comparado con lo que otras generaciones han pasado. Yo temo por los que vendrán o vienen de camino. Besos!
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