Qué
verdad es que la alegría dura poco en la casa de los pobres y en estos últimos
días hemos podido ver un ejemplo de que
el refrán se cumple, pues en tal sólo unas horas, el Tribunal Supremo dictaba
una sentencia que adjudicaba a los Bancos el pago de los impuestos generados
por las Hipotecas, para paralizar después, sin explicación alguna, por cierto,
la aplicación efectiva del dictamen, dejando en suspenso hasta nueva orden, una
iniciativa que en principio, había contentado y mucho a miles de familias y
enfadado monumentalmente a los principales sectores de la Banca.
Esta
maniobra nada usual, que dejó boquiabiertos, no sólo a los consumidores, sino
también a los juristas, políticos y hasta al mismo Gobierno, se ha convertido
en la comidilla que se extiende por todas partes como un reguero de pólvora,
pues exhibe una imagen de la Justicia española ciertamente esperpéntica y
carente de seriedad, sembrando la duda de si los fallos emitidos por los
Tribunales son efectivamente iguales
para todos o es verdad aquello que se dice, de que existe una justicia
salvadora y benevolente para los ricos y otra mucho más áspera y desbrida, para
los pobres.
El
revuelo que levantó la sentencia, a los pocos minutos de ser conocida, la
significativa bajada de las principales entidades bancarias españolas en la
Bolsa y el inmediato bloqueo de las páginas que los Bancos dedican a la
concesión de Hipotecas, provocaron que por la tarde, el Supremo decidiera echar
el freno y dar marcha atrás, dejando la opinión que habían emitido por la
mañana en suspenso y ofreciendo argumentos más que comprensibles a las
Asociaciones de Consumidores y a los ciudadanos en general, para criticar exhaustivamente
y con tremenda indignación, la poca seriedad que suponía este inesperado parón,
que continuamos sin saber de qué manera será finalmente resuelto.
Llama
poderosamente la atención que sea
precisamente el Supremo, un Tribunal al que se recurre para resolver causas
desde instancias menores, el que protagonice este patinazo sin precedentes y
que a día de hoy, continúe sin ofrecer ningún tipo de aclaración del por qué se produce este cambio de
criterio, por lo que cualquiera podría deducir que, presuntamente. han debido
recibir, desde el mismo instante en que se hizo pública la sentencia, una serie
de presiones encaminadas directamente a que fuera inmediatamente revocada.
Si
pueden los poderes económicos o no, influir directamente en los fallos
judiciales es algo que ha empezado a preocuparnos, debido a la gravedad que supondría
que algo así fuera cierto, pero aún nos inquieta más, el silencio que guarda
hasta ahora sobre el asunto, el propio Gobierno, que al menos, debe tener derecho
a recibir de este Tribunal alguna explicación, sobre todo cuando lo que está en
juego tiene que ver con los intereses de las familias que durante años han soportado
los terribles abusos que se han venido cometiendo con la firma de esas Hipotecas eternas que
esclavizan a las gentes durante periodos de más de treinta años.
Si
el Supremo se ha dirigido o no a las más altas esferas políticas, lo
desconocemos, pero en el caso de que lo hubiera hecho, indigna bastante que se
nos haya dejado al margen de lo ocurrido y más aún que se nos mantenga en una
situación de incertidumbre que sólo quedará resuelta, en uno u otro sentido,
cuando estos sesudos señores y señoras que conforman el TS, emitan finalmente un juicio creíble e
inapelable que confirme o anule la maldita sentencia.
Entretanto,
la imagen de la Justicia española se ha convertido en un adefesio, criticado
por toda la prensa extranjera, en la que se tiene la sensación de que la Banca
se ha convertido en una Institución absolutamente intocable, fundamentalmente
por las represalias que podrían esperarse de ella, si salieran adelante sentencias
que, como esta, la perjudiquen considerablemente.
Que
éramos seres insignificantes en quiénes los poderosos no piensan, ya lo
habíamos aprendido a fuego, en estos años de especial dureza, pero que la Justicia,
que ha de ser necesariamente igual para todos, nos abandone directamente
a nuestra suerte, vulnerando nuestro derecho a ser defendidos, no puede sino
producir en nosotros, rabia e indignación y hasta la tentación de querer
convertirnos en anti sistemas, porque nos va quedando claro que éste por el que
nos regimos, no funciona debidamente.
A
la espera de que sus Señorías tengan a bien ofrecer a los afectados por su
primera sentencia una dilucidación detallada de este repentino e inesperado
viraje que nadie comparte ni entiende, quedamos pendientes de que al menos
nuestro Gobierno, saque la cara por nosotros y exija, hasta dónde permita la
Ley, que estos vaivenes repentinos que generan perplejidad, no vayan a convertirse
en una costumbre, como suele pasar con todo aquello que, casualmente, afecta a
las élites más poderosas, en este país nuestro.

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