Gana
Bolsonaro las elecciones en Brasil, con más de un 55% de los votos, lo que le
convierte en el primer Presidente hispanoamericano claramente adscrito a la
ideología de extrema derecha, en un país en el que la pobreza y la diversidad racial son una realidad con la que hay que
convivir necesariamente y que precisaría con urgencia medidas que remedien la
situación de millones de personas pertenecientes, en su mayoría, a las clases
más necesitadas.
No
se puede dudar de que el encarcelamiento de Lula ha causado un daño irreparable
a lo que se concibió, mientras estuvo en el poder, como una especie de milagro
a la brasileña y que al haberse deteriorado a causa de los acontecimientos que
todos conocemos, ha debido decepcionar gravemente a una buena parte del que
fuera en otro tiempo su electorado, aunque no cabe otra opción que pensar que
cuando acudían a las urnas lo hacían sin pertenencia real a ningún tipo de
ideología, pues de otra manera, no puede entenderse este giro brusco y
desesperado hacia los proyectos ultraconservadores que Bolsonaro ha puesto
sobre la mesa.
Todos
hemos podido oír, a lo largo de su campaña electoral, los planteamientos que
este líder extremadamente populista ha ido sembrando en cada uno de los
discursos que pronunciaba ante unos auditorios plagados de gente variopinta que
se ha ido fanatizando, a medida que iba transcurriendo el tiempo y no podemos,
sino concluir que las ideas que ha venido exponiendo sin ningún tipo de
moderación ni mesura, se corresponden rigurosamente con teorías peligrosamente
cercanas a una especie de moderno fascismo que disfrazado de un patriotismo
desmesurado que pretende colocar a los oriundos de los países por delante de
las masas migratorias que se mueven actualmente por todo el mundo, va ganando
objetivos, sin que nadie se pare a pensar en las terribles consecuencias que
podría traer que este tipo de Gobiernos se instalaran en el poder de forma
generalizada.
La
situación de Hispanoamérica, que resulta
ser ciertamente peculiar y que ha sido durante muchos años proclive a la
proliferación de golpes de estado de cuyas consecuencias no es necesario hablar
porque todos las conocemos, empieza a complicarse mucho más cuando en
territorios cercanos pretenden convivir regímenes tan diferentes como el de
Maduro y éste que está a punto de instalarse en Brasil y que se encuentran
además rodeados de países de los que la gente huye masivamente, debido al
crecimiento desmesurado de la miseria y la violencia.
Imaginamos
sin embargo, que al actual Presidente de Estados Unidos ha debido complacerle y
mucho la victoria de Bolsonaro, que porta un ideario prácticamente calcado del
que él mismo presentara cuando ganó las elecciones, ya que puestos a elegir,
Trump ha de preferir necesariamente que en Brasil se instale un sistema ultraconservador,
que una izquierda progresista que en principio no se deje someter a sus deseos
claramente imperialistas.
Pero
en el plano de la razón, se ha de concluir que históricamente la ultra derecha
jamás hizo por los que menos tienen más que denostarlos hasta hacerlos aparecer
como una insoportable carga de la que había que prescindir y que el mundo, por
muy raro que nos parezca, carece en su totalidad de la memoria necesaria para
recordar todo lo que ya sucediera, cuando este tipo de personajes se hicieron cargo
de determinadas naciones, en un determinado momento.
Parece
del todo incomprensible que estos votantes masivos de Bolsonaro no se hayan
parado ni un instante a meditar sobre todas las calamidades que siguieron al
advenimiento al poder de Hitler, Mussolini o el propio Franco, en este país
nuestro, ni se hayan planteado que su victoria pudiera convertirse finalmente
en una dictadura totalitaria y represora con todos los que puedan disentir de
los planteamientos que defienda, como si de repente, el mundo de las ideas se
hubiera transformado en algo meramente anecdótico que no trajera resultados,
mayoritariamente negativos para la población en general, como bien podemos
afirmar todos aquellos que tuvimos la desgracia de vivir muchos años bajo el
yugo de una dictadura.
Banalizar
el resultado de estas elecciones, sin concederle la importancia que realmente
tiene en un momento en el que nuestro
objetivo principal habría de ser canalizar mucho mejor el reparto de la
riqueza, hace temer que esta fiebre de inconsciencia termine por hacerse
contagiosa y que al final, todos nos veamos obligados a retroceder a una época
de infausto recuerdo.
En
el día de hoy, muchos de nosotros no podemos sino compadecernos del negro
futuro que aguarda a Brasil, pues si Bolsonaro empieza a cumplir estrictamente
las propuestas presentadas durante su campaña, pronto podremos ver cómo en el
país de agudizan las diferencias entre las clases sociales y sobra decir a los
intereses de cuál de ellas representa este recién estrenado Presidente.
Sentimos
una enorme curiosidad por saber cómo va a gestionar el futuro de los millones
de gente de color que conforma la población brasileña, dado su carácter marcadamente
xenófobo y racista, pues los fascistas
en general, han solido coincidir a lo largo de toda la historia en la costumbre
de situar en ghettos a determinados grupos étnicos y no nos extrañaría en absoluto
que este recién llegado propiciara la creación de este tipo de construcciones,
ahora que tiene todo el poder en sus manos.
Ojala
y nos equivoquemos.

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