Como
hace mucho tiempo vaticinamos, los Partidos que se unieron para formar la alianza
independentista en Catalunya y caminaron a la par en un momento de esplendor,
en el que el espejismo que inventaron logró deslumbrar a las masas y hasta
hacerlas creer ciegamente que la instauración de la Répública era posible, han
comenzado a entender que en este proceso que iniciaron y que ha traído las consecuencias que ya conocemos
sobradamente, no todos apuestan, un año después, por apoyar las mismas
propuestas para hallar una solución al conflicto, pues las eternas diferencias
ideológicas que desde siempre han movido a estas tres Formaciones, hacen
imposible que puedan llegar entre ellos a un entendimiento.
El
sentido discurso de Quim Torra, en el aniversario del primero de Octubre ha levantado
ampollas en el ambiente que se mueve en torno al separatismo y sólo Puigdemont,
con quién seguramente preparó el President su contenido, aplaude la decisión de
arengar a los CDR y el ultimátum dado al Gobierno, mientras Esquerra
Republicana, que ha cargado con el peso real de las consecuencias sobrevenidas
del Referendum y que tiene a sus principales líderes en prisión, se desmarca
claramente de la amenaza lanzada al Gobierno español y la CUP se echa a un
lado, acusando directamente al PdeCat , de extrema tibieza.
Las
reacciones de los líderes de ER y la del propio Oriol Junqueras, desde la
cárcel, no se han hecho esperar y hasta el mismo Rufián, famoso por sus palabras
incendiarias y defensor a ultranza del proceso, ha calificado negativamente las
iniciativas de Torra, manifestando, literalmente, que “los ultimátums los carga
el diablo”.
Tampoco
en el Parlament dr Catalunya ha encontrado Torra los aplausos que se esperaba,
pues se dice que hasta sus propios compañeros de Partido se vieron sorprendidos
por los mensajes vertidos que el
President no había consultado con nadie y esa desagradable decepción se hizo
patente ayer en las intervenciones protagonizadas
desde la Tribuna, como todos pudimos oír y ver, a lo largo de una mañana en la
que Inés Arrimadas se convirtió en protagonista, al sacar una bandera española
y pedir abiertamente, en representación de su grupo, la inmediata aplicación
del Artículo 155 en Catalunya.
Todas
esas diferencias de pensamiento que siempre fueron una realidad entre estos
socios ocasionales que se dieron la mano puntualmente, con la idea de
conquistar un objetivo común, quedaron momentáneamente aparcadas por el
inesperado respaldo que dieron más de dos millones de Catalanes a la propuesta
de la celebración de un Referendum que
desde Madrid se prohibía, pero no desaparecieron, aunque diera la impresión de
que sí, por el acaloramiento del instante, volviendo ahora a mostrarse, como
siempre fueron, amplias y de difícil resolución, pues entre la derecha, la izquierda y la acracia, nunca hubo
precisamente una comunión ideal que pudiera durar demasiado tiempo.
Solo
ante el fragor de los acontecimientos y víctima de la tiranía impuesta desde su
retiro por Puigdemont, Torra, que decidió aceptar sumisamente el papel que para
él habían elegido los que decidieron por voluntad propia huir, se encuentra
ahora con que todos aquellos fantasmas que permanecían en un estado de letargo,
se han despertado de repente y que amenazan su estabilidad institucional,
negándose a acatar las órdenes tiránicas de quién permanece fuera del territorio, viviendo en
una realidad virtual, sin comprender la magnitud ni la crudeza real del
conflicto.
Tampoco
la respuesta de Pedro Sánchez, que ha ignorado olímpicamente el ultimátum que
se le lanzaba, ha sido la que el exiliado esperaba, desde su retiro de
Bruselas, por lo que al President no le ha quedado otro remedio que dar un paso
atrás, llegando a decir ayer que su objetivo era conseguir la implantación de
la República y que si no lograba hacerlo efectivo, tendría que retirarse.
Todo
este desacuerdo, sin embargo, favorece sensiblemente las aspiraciones del
Gobierno de Madrid, que continuó ayer mismo, sin perder un ápice de calma,
apostando por el diálogo y la negociación, conscientemente ajeno a la tormenta
que se desataba entre los socios independentistas y seguramente esperando, sin
perder la paciencia, a que la unidad de estos socios fortuitos salte por los
aires en cualquier momento, como seguramente pasará más pronto que tarde, a
juzgar por lo que está ocurriendo.
No
tiene Torra y él lo sabe, más hombro en que apoyarse que el de su amado Carles
Puigdemont, que más que poner en él su confianza, le ha utilizado
descaradamente en su propio beneficio y que cuando haya obtenido de él todo lo
que esperaba, le abandonará sin ningún tipo de arrepentimiento.
Reflexionar
sobre esa soledad, habría de ser ahora primordial para este President poco
convencional que a estas alturas ya debiera haber entendido que su rol de
marioneta no le traerá buenas consecuencias.
Haría
bien en escuchar otras opiniones, además de las vertidas desde Bruselas y mucho
mejor, en considerar que la única vía que solucionaría este conflicto pasa por
negociar y ceder.
Por
su manera de actuar, no parece que en ningún momento esté pensando en el bienestar
de los catalanes, a los que debiera representar por su Cargo, sino en el beneficio
exclusivo de quien le designó y que ve en él, el único bastión que le queda
para no caer directamente en el olvido.

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